lunes, 5 de noviembre de 2012

#CAPÍTULO 2: Nuevos Horizontes (III)

A él ella le recordó un hada de fábula. De sus cabellos parecían prender fuegos fatuos, iluminando suavemente la redondez de su rostro. Sus ojos emitían una luz tenue y suave que iluminaban su mirada directa y transparente. Su piel era traslúcida y nívea, y se fusionaba con el vestido de princesa que vestía. Toda ella irradiaba luz y calor. Sí, eso era lo más extraño... Ella debería provocarle escalofríos. Ella debería transmitir frío. Y en cambio, simplemente parecía ser abrazada por una calma y una calidez sorprendentes.
Por tu vestido diría que tu existencia se remonta a dos siglos, como mínimo comentó él. Estaba algo turbado por la intensidad del momento, envuelto en el más perfecto silencio. Necesitaba romper el hechizo.
¿Ya han pasado dos siglos? — susurró ella, sin que estuviera preguntando en busca de una contestación. Simplemente fue una reflexión en voz alta, mientras sus ojos se perdían entre las nubes que vestían a la luna.
Él no hizo ningún comentario. Sus ojos recorrieron su perfil soñador mientras la mente de ella volaba lejos.
Ha debido de resultarte muy duro — reflexionó él en voz queda.
Lo cierto es que el tiempo tiene un ritmo diferente cuando se está muerto — contestó ella, con los ojos desenmarañando jirones de sueños que él no podía adivinar— . Tienes tiempo de leer el mundo como no lo hiciste en vida. El ser humano es egoísta, y solo es capaz de mirar el mundo a través de sus ambiciones, sus deseos y sus necesidades. Pero cuando uno pasa a formar parte del decorado de la nada, cuando uno no tiene participación en el transcurso de la vida, ya no tiene sentido continuar encerrado en los límites de tu existencia — explicó ella, de pronto liberada de la telaraña de sus recuerdos y fijando su mirada en los ojos de él— . El mundo renace de una manera distinta. Tú no puedes hacer nada más que deambular por las maravillas de la naturaleza, detenerte a examinar la labor de una abeja, tratar de recordar el peso de una flor o la caricia del viento. Evalúas los efectos de cada estación y admiras cada una de manera distinta. En primavera te encanta contemplar el renacer de la vida, el modo en que las flores luchan contra el letargo del invierno y doran sus capullos al sol hasta que se sienten lo suficientemente hermosas como para dejar que el mundo las admire. En verano la tierra luce colores brillantes, y la belleza alegre que te rodea disipa los pensamientos tristes. En otoño el planeta se torna aún más hermoso, con un cromatismo más limitado pero también más cálido, como si la tierra se prendiera fuego a sí misma y ondeara un banderín en llamas rojizas, ámbares, naranjas y amarillas — Hizo una pausa, todo lo que describía ardía en las profundidades de sus ojos y en la intensidad de su voz— . En invierno todo color se funde en un perpetuo gris, es como la neblina de un sueño, el reposar de la esperanza. Los lagos se congelan y se vuelven pulidos cristales donde el cielo nuboso encuentra su más fiel retrato. Los árboles se inclinan a las tormentas, y sus ramas desnudas se agitan a las ordenes del viento. Este paisaje rescata de los pliegues más profundos de la mente los pensamientos más tristes, pero de alguna manera te hace bien enfrentarte a las esperanzas frustradas.
Él escuchó todo cuanto decía embelesado, su mente esforzándose por esbozar toda la hermosura que ella le narraba. No podía negar que jamás se había detenido a examinar las sutilezas que ofrecía la naturaleza, o desde luego si lo había hecho no le había conferido la importancia que merecía. Nunca se le había ocurrido antes que pudiera estar demasiado recluido en su propia vida, en su propio ser, tanto que se olvidaba de lo que le podía aportar el escenario de un atardecer o la delicadeza de un jardín floreado. Tal vez era verdad que no absorbía la vida en su totalidad, que no tenía interés por explorar lo que gratuitamente se le ofrecía a cada instante. Tal vez nunca apreciaba los matices del mundo porque estaba demasiado ocupado trabajando en sus ambiciones. Tal vez le convenía escapar de sí mismo de vez en cuando y abrir la mente al mensaje que el mundo transmitía con cada amanecer. Tal vez ella pudiera reeducar su espíritu. Tal vez la muerte te volvía más sabio. Pero entonces era tarde para enmendar toda una vida mediocre.
Tienes razón — murmuró él, mirándola fascinado— . Tengo ojos, tengo vida, tengo opciones; y jamás he visto lo que tú, ni siquiera se me ha ocurrido pensar que me estaba perdiendo algo importante.
Ella le dedicó una sonrisa suave.
El tiempo aún te pertenece — le recordó con voz dulce.

domingo, 4 de noviembre de 2012

#CAPÍTULO 2: Nuevos horizontes (II)


Nadie habló durante el tiempo que tardaron en dejar atrás el camposanto. Vinko dirigía el coche de manera distraída, sus ojos imantados al retrovisor, por el cual cruzaba fugaces pero repetidas miradas con Hailey. Ella por su parte se sentía excitada ante el giro que había tomado su existencia; si bien nunca había aceptado bien los cambios bruscos, su rutina era tan deprimente que había dejado de cultivar esa aversión. En cambio, no podía dejar de impacientarse por tener una entrevista a solas con él, dónde pudiera hablar y sentirse escuchada. Donde pudiera expresarse. Donde pudiera sentir que formaba parte de algo más allá de sus míseras pesadillas.
—¿Qué ha ocurrido allí? —preguntó de pronto Katia, rompiendo el silencio una vez que salían del desvío que llevaba al cementerio y se incorporaban a una carretera principal. El hecho de alejarse de aquel lugar le hizo recobrar el aliento. Aunque los efectos del miedo aún la esclavizaban, haciéndola temblar de frío y cascándole la voz.
Cuando Vinko se percató del violento modo en que se agitaba el cuerpo de Katia se preocupó y activó la calefacción, regulándola a la máxima temperatura. Eligió no contestar a su pregunta, puesto que no sabía qué podía decirle. Y además, seguir escarbando en el tema no ayudaría a que se sintiera mejor.
—¿Mejor? —indagó Vinko al cabo de cinco minutos.
Katia asintió, y cuando el tono de su voz se normalizó bastante volvió a la carga, repitiendo la cuestión.
—No lo sé —mintió él.
La chirriante música de la radio, sonoramente contaminada por interferencias, adoptó protagonismo mientras los jóvenes se recluían en sus pensamientos. El silencio se prolongó hasta que Vinko se internó en el centro de la villa, habitado por un profuso ejército de casas y demás edificios. Pronto se detuvieron frente al hogar de Katia, una espaciosa vivienda de piedra rojiza con hileras de grandes ventanas y un porche encantador e integrado en las dimensiones de la casa, sin que éste supusiera un espacio extra agregado a la casa.
Vinko apagó el motor, pero Katia no hizo amago alguno de salir del coche. Se quedó unos momentos con la vista fija en el frente, callada. Entonces orientó su cara hacia él y lo miró directamente.
—Sé que mientes —dijo.
Vinko reprimió una mueca. No quería proseguir con esa conversación. Por un lado, no lo sentía algo que debiera contarle a ella. Y por otro, deseaba que ella se fuera cuanto antes para poder interrogar de inmediato a la joven difunta.
—Creo que lo mejor es que aplacemos esta charla —propuso él, sinceramente—. Ya ha sido suficiente por hoy. Es mejor que descanses.
Katia asintió e inclinó la parte superior de su cuerpo para depositar un breve beso en los labios de él. Y después salió del auto y se alejó por el camino de entrada.
Vinko se giró inmediatamente hacia el asiento de atrás y clavó sus ojos, de un rojo brillante a causa de las lentillas, en Hailey.
—¿Cuánto tiempo llevas muerta? —lanzó su pregunta tal cual, sin demorarse en sutilezas ni allanar el terreno antes.
Hailey señaló hacia la casa a través del cristal.
—Creo que deberíamos hablar en otro lugar. Seguramente ella se preocupará por si te ha dado una apoplejía en el coche —sugirió el fantasma.
Vinko cedió y con una impaciencia que se reflejó en sus apresuradas maniobras dejó atrás la calle residencial. Cuando miró hacia Hailey por el retrovisor, se encontró con que ya no estaba allí.
—Me he mudado a aquí —comentó ella, adivinando sus pensamientos y saludándole desde el asiento copiloto—. Espero que no te importe. Si te sientes más cómodo puedo volver atrás —ofreció.
—No, así está bien —concedió Vinko, y volvió a concentrarse en dirigir el coche hacia algún lugar donde pudieran conversar tranquilamente.
—¿Cómo se llama ella? —preguntó de pronto el fantasma.
—¿Quién? —ella no contestó de inmediato, y cuando la miró de reojo le estaba mirando con un gesto elocuente que le arrancó una breve sonrisa—. Ah, te refieres a Katia.
—¿Esa sonrisa iba dirigida a algún pensamiento sobre ella? —inquirió Hailey.
—No. Era para ti —respondió él, y aquello la hizo sentir extrañamente bien.
—¿Es tu novia? —quiso saber.
Vinko no contestó de inmediato. No con palabras. Porque lo que si le dirigió fue unos ojos de mirada burlona adornados de una ceja arqueada.
—¿No eres demasiado indiscreta para los modales que exigía tu siglo?
—¿Mi siglo? —preguntó Hailey desconcertada.
—Tu traje —señaló él.
Hailey bajo la mirada hacia su vestido. Éste era totalmente blanco y lujoso, de fina tela suave. El escote era bastante bajo y en forma de corazón, la zona del pecho cubierta por hermoso un encaje floral. Las mangas de gasa partían desde el corpiño, y caían graciosamente desde sus hombros en sedosas ondas que recordaban a los pétalos revueltos de una rosa blanca. La voluminosa falda de su vestido tenía varias capas. La de más abajo era larga y sencilla, sin adornos, y cubría sus píes por entero. La siguiente se superponía a ella casi completamente, aunque la orilla de la pieza era bastante más corta y acababa en picos de bordes dentados y redondeados. Por último, otro oleaje de gasa de varias capas nacía desde la cintura del traje, enmarcando las caderas de la joven.
—Ah —dijo simplemente. Estaba tan acostumbrada a verse de esa guisa que no se le había pasado por la cabeza que su atuendo pueda ser relevante para él.
—¿De qué época vienes? —preguntó él, y no trató de ocultar la curiosidad que se reflejó en su voz.
—¿Tú qué crees? —sondeó ella.
—¿Te apetece jugar a las adivinanzas? —bromeó él, creyendo que ella trataba de entretenerse a costa de eso.
—No… —contestó ella, insegura—. En realidad, no lo recuerdo.
A Vinko el coche se le desvío un poco mientras se giraba a mirarla con abierta incredulidad.
—¡El coche! —exclamó ella, alarmada. Ella, naturalmente,  no podía sufrir un accidente, pero él sí y no estaba dispuesta a perder a la única persona que podía verla.
Él enseguida devolvió su atención al manejo del auto, pero hizo hincapié en el tema:
—¿No recuerdas cuándo viviste?
—No. En realidad, no recuerdo nada —confesó ella—. No me acuerdo a qué época pertenecí exactamente, cuál era mi rostro, quiénes eran mis padres o si tenía amigos o marido. Y, por supuesto, no recuerdo en qué circunstancias morí…
Vinko no agregó nada por unos momentos. Estaba asombrado por semejante revelación. Y algo consternado también. ¿Es que la crueldad terrenal traspasaba los límites de la vida y seguía cultivándose en el más allá? ¿El caso de Hailey, la difunta condenada al enigma y la incomprensión de su propia vida, era una maldición aplicada generalmente o solo en casos concretos? ¿Realmente tu vida era una colección de méritos y errores que después alguien juzgaba y dictaminaba tu futuro? ¿Es que no se dejaba de sufrir nunca? ¿La muerte no era la solución a todos los problemas como comúnmente se creía? ¿A caso siempre cargabas contigo el vacío de tu existencia?
En ese momento Vinko divisó un buen lugar para detener el coche. Se internó en el parking al aire libre que ofrecía un supermercado de tamaño medio. Las plazas de aparcamiento estaban todas disponibles quitando un par que dos coches inhabitados ocupaban.
—¿Tampoco recuerdas tu nombre? —le preguntó Vinko una vez pausó por completo el movimiento del coche. Se giró a mirarla y vio que ella lo miraba atentamente con gesto bondadoso. Mientras le contaba todo aquello a su cara no asomaba la mínima señal de rencor, como a él le asaltaría de estar en su situación. Simplemente empleaba un tono resignado, como si se hubiera acostumbrado a esa situación y finalmente la hubiera aceptado. Como si el tiempo transcurrido hubiera caducado la frustración y el desasosiego.
Le parecía la criatura más mansa y dulce que jamás había conocido. Una pieza extraña que era imposible encontrar en su mundo. Bueno, en efecto, ella era alguien único e incomparable hasta en el sentido más práctico.
—No del todo. Solo sé que mi nombre de pila era Hailey —declaró ella finalmente, con sus enormes ojos fijos en los suyos.
A Vinko le llamó la atención el modo en que había empleado el verbo <<era>>. En pasado. Eso le reveló mucho. Como que ella se había estado sintiendo muerta mucho tiempo.
—Hailey es bonito —alegó él, en parte porque así lo pensaba y en parte porque quería ser agradable con ella.
Ella esbozó una tímida sonrisa.
—Gracias —susurró—. ¿Tú cómo te llamas?
—Vinko. Apuesto a qué no lo has escuchado nunca antes, ¿a que sí? —contestó él con su mejor intención de darle un toque ameno a la conversación, pero enseguida se sintió mal al escuchar su respuesta.
—En realidad no puedo asegurar que no lo haya escuchado nunca —dijo ella—. Pero apostaría a que es así… Me gusta. Es muy singular y te sienta bien.
—Gracias.
Se quedaron en silencio, estudiándose con la mirada mutuamente.
Hailey empezaba a familiarizarse con su aspecto, el cuál al principio se le había antojado extraño y muy particular. Su cabello, de un azul eléctrico cuando le daba la luz, ahora pasaba por un discreto tono oscuro, casi negro, gracias al influjo de las sombras. Sus ojos rojos también habían perdido el impacto de su peculiaridad y lucían oscurecidos. Además, eran alojadores de una mirada suave y agradable. El miedo había desaparecido por completo de ellos, y a ella le alegraba un montón ese hecho. Ahora no sentía hacia ella otra cosa que una genuina curiosidad e interés por lo novedoso de la situación y lo desconocido que ella encarnaba. Ella pensó que él era hermoso. Aún con sus características tan caracterizadas, seguía siendo un joven muy guapo, con su piel nívea, sus labios carnosos, su rostro de rasgos elegantes y sofisticados y la masculinidad que se adivinaba en la estructura ósea angulosa de su cara, en sus amplios hombros, en la altura de su estatura y hasta  en sus manos grandes de dedos largos.

sábado, 3 de noviembre de 2012

#CAPÍTULO 2: Nuevos horizontes (I)

—¿Qué te ocurre? —preguntó Katia, incorporándose un poco sobre él y mirándole estupefacta. Observó que él tenía la vista fija en la ventana de su lado, y ella también posó allí sus ojos, aunque no vio nada aparte de la oscuridad reinante del lugar y la silueta pálida de las lápidas que los rodeaban.
Frunció el ceño y devolvió su mirada al rostro de él, que permanecía pálido, helado y conmocionado. Si hubiera visto un fantasma, estaba segura que luciría aquella misma expresión.
Katia le zarandeó el hombro, queriendo captar su atención, pero él no reaccionó. Permaneció mudo, con los ojos agrandados de estupor e incredulidad, absorto en algo que ella no comprendía.
Instintivamente, ella también empezó a sentir miedo, aunque ignoraba a qué estaba temiendo exactamente.


Hailey no pudo moverse.
Era evidente que aquel humano podía verla, aunque no sabía si eso era bueno o malo. Lo único que sabía era que se sentía secretamente esperanzada de poder escapar a su rutinaria soledad. Aunque el gesto de él, aterrado, asombrado y algo traumático no avenían a una interacción amistosa, ella no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de hablar con alguien.
Sabía muy bien que no era sensato. Que interactuar con vivos no iba a ayudarle en su misión. Que no le iba a aportar nada provechoso. Que seguramente no fueran a establecer un diálogo porque él no se mostraría cooperativo. Pero simplemente se negaba a renunciar a la pequeña luz que prendía un rincón de su alma y la animaban a aunque sea intentarlo.
Así pues, atravesó la muralla que suponía el armazón del coche y aproximó el rostro al de él, aunque dejando una prudencial distancia entre ellos para no asustarlo más de lo natural. Pese a sus medidas consideradas, el joven echó la cabeza hacia atrás por inercia, queriendo dejar la máxima distancia posible entre ellos. Sus ojos se abrieron aún más, encharcados de terror.
—Ella no puede verme —pronunció Hailey, señalando con una mano hacia Katia, a la que empezaban a sucederle escalofríos de miedo, ya que si bien sus ojos no veían a Hailey si veían el efecto que ella tenía en Vinko, y además también detectaba un frío inusual que la advertían de una presencia invisible.
—No hables. Al menos conmigo. Te autodeclararás demente —continuó diciendo Hailey—. No te haré daño —prometió—. Por favor, nunca nadie me había visto antes… No sabes lo sola que he estado… —confesó, y la voz se le quebró un poco al pronunciar aquello último.


Vinko había sentido como los engranajes de su mente se paraban por completo en cuanto detectó al fantasma. La razón rechazaba lo que sus ojos le obligaban a aceptar como una realidad. Se había sentido incapaz de pensar en nada, de actuar, de reaccionar. Solo podía consumirse en el creciente miedo que lo había ido devorando poco a poco hasta dejarlo completamente inmovilizado. Ni siquiera su cuerpo había conseguido funcionar por su cuenta, del modo en que siempre lo hacía, y no se dio cuenta de que llevaba largo rato sin pestañear hasta que le ardieron los ojos.
Cuando por fin había ido asimilando el hecho de que estaba viendo un muerto, el fantasma había atravesado la ventana y se había encontrado de frente con el rostro diáfano de ella. Le había trastornado el hecho de ver únicamente la parte superior de su cuerpo dentro del coche. Aquella visión era una reproducción mejorada de cualquier película de miedo, por los muchos millones que hubieran respaldado los efectos especiales.
Cuando esto había sucedido el terror volvió a dominarle, y volvió al punto de partida en cuanto a la asimilación de la antes inimaginable situación.
Sin embargo, cuando ella había hablado y había manifestado su soledad, cuando su voz se había quebrado de ese modo, la sinceridad y la pena de sus ojos habían hecho que, como por arte de magia, su miedo remitiera y en su lugar se instalaran unas inmensas ganas de consolarla.
Ella no volvió a pronunciar palabra, pero continuó con la parte de arriba de su cuerpo suspendida frente a él, con la cara vuelta hacia la suya, mirándolo con fijeza, los ojos anegados de un temor desconocido para él. No era miedo exactamente, era como si simplemente le asustara la idea de que él fuera a rechazarla.
Observó detenidamente sus rasgos. A pesar de la translucidez de su piel, su delicada belleza era reconocible. Aunque su figura parpadeaba pálida y semitrasparente, aún se adivinaba el color miel de sus ojos y el rubio apagado de su cabello. Supuso que en vida habría sido radiante y deslumbrante, con un tesoro reluciente como cabellera y unos ojos brillantes y vívidos. Pero aún poseía belleza, aunque fuera diferente a la de entonces. Ahora irradiaba una melancólica hermosura.
Tuvo ganas de hablarle, pero entonces recordó su consejo. Sus labios, que habían hecho el amago de hablar, se sellaron de nuevo.
—¡Vinko, Vinko! —lo llamó Katia, que permanecía encima de él. Él parpadeó sorprendido cuando reparó en ella, pues aunque la había tenido delante todo el tiempo, era la primera vez que la miraba desde hacía un rato—. ¡Quiero irme a casa!—lloriqueó la joven, temblando de frío y de miedo.
—De acuerdo —consintió él—. Vuelve a tu asiento y nos iremos ahora mismo.
Katia obedeció y él metió primera y arrancó el motor. Antes de liberar el freno de mano, miró fijamente al rostro de la joven espectral, que permanecía junto a él, con una angustia interrogante cincelada en su rostro.
—Este lugar es demasiado solitario —comentó, mirando fijamente al fantasma—. Nadie debería permanecer aquí.
A Vinko le pareció que las facciones de la joven muerta se iluminaban, y él le lanzó una sonrisa casi imperceptible, aunque ella la captó y le respondió con otra tímida. La joven interpretó sus palabras como lo que eran: una enmascarada invitación. Así que terminó de introducirse en el auto y paso por entre los dos asientos delanteros, como una ráfaga espectral, y se acomodó en el centro del asiento de detrás.

#CAPÍTULO 1: ¡Feliz Halloween! (II)


Vinko estaba a punto de sufrir un brote de sarampión, como mínimo,  mientras en el centro de la pista de baile se mecía al ritmo de “Say It Right” con Katia respaldándose contra su pecho.
No sabía si soportaría otra canción de esas entera.
De pronto Katia levantó el rostro y lo miró, y una encantadora sonrisa se adueñó de su boca. Él le correspondió, aunque no se sintió muy sincero.
—¿Lo estás pasando bien? —le preguntó ella.
Él asintió, y sus ojos se desviaron de los ojos de ella hasta sus labios, que se presentaban jugosos por el gloss rosa. Enseguida se le ocurrió la manera perfecta de escaquearse de la “tortura melódica” a la que estaba siendo cruelmente sometido. Volvió a fijar su mirada en la de ella, y lentamente aproximó su cara a la suya, hasta que sus narices se rozaron y sus alientos se entremezclaron. Ni siquiera tuvo que hacer la maniobra final, ya que fue Katia quien salvó los centímetros que los separaban y plantó un abrasador beso en su boca. Sus lenguas comenzaron a juguetear, tratando de alcanzar lo más hondo de la pasión. El beso fue cobrando intensidad, hasta que sus cuerpos dejaron de moverse al compás de la música y obedecieron mejor a la acuciante necesidad de sentirse cerca, piel con piel. La necesidad se prendió entre ellos, y cuando finalizaron el beso y se miraron, no necesitaron pronunciar palabra: ambos tenían en mente el mismo pensamiento.
Salieron aprisa del gimnasio, cogidos de la mano y abriéndose paso con poca consideración hacia el resto del gentío. Se dirigieron directamente al coche negro de Vinko y se alejaron del instituto.
—¿Adónde me llevas? —preguntó Katia con tono juguetón.
Vinko sonrió ligeramente, pero no apartó los ojos de la carretera para mirarla.
—Dónde podamos disfrutar el uno del otro sin que nadie nos importune.
—Me parece bien —contestó ella, acomodándose en el asiento y mirándole maliciosamente. Enseguida inició un pícaro jugueteo de caricias sugerentes sobre él.
Sus manos, sin embargo, cesaron de pronto su avance cuando atisbó el lugar a dónde era llevada. Frente al coche, una altísima puerta enrejada y lacada en negro yacía abierta de par en par, sostenida por sendos pilares que acababan en una pieza piramidal. Ambas pilastras derivaban en una sólida muralla de piedra blanca que rodeaba todo el recinto al que se accedía por la entrada. Por si había alguna duda de la naturaleza del lugar, una gigantesca placa rezaba: “Cementerio”.
—¿Qué demonios hacemos aquí? —espetó Katia, incrédula y malhumorada a partes iguales.
—¡Feliz Halloween! —exclamó Vinko, y la mirada sombría de Katia no afecto a la amplitud de su sonrisa.
El joven se inclinó para mordisquear los labios de ella, que había juntado formando un mohín. Pero éste tuvo que desaparecer ante el ardor del beso de Vinko.
Teniéndola nuevamente contenta, el muchacho metió primera y arrancó nuevamente, introduciéndolos a ambos en el fúnebre y solitario lugar.
Las ruedas emitían leves crujidos al rodarse sobre la gravilla del camino, bordeado por una hilera de cipreses deshojados que se inclinaban hacia ellos, como si ejecutaran una venia de bienvenida. Según avanzaban dejaron atrás la pequeña capilla, un edificio antiguo y simpático de pequeños ventanales con vidrieras de colores que configuraban sencillos diseños, y donde una figura de Jesús en la cruz recibía los envites del viento desde su posición debajo de la uve del tejado grisáceo. Traspasaron un vetusto arco de piedra, estrangulado por un sinfín de enredaderas y que conducía al campo abierto donde los muertos descansaban en sus tumbas. El lugar rebosaba tanta hermosura como melancolía con sus pétreos y cabizbajos ángeles guardianes, sus pequeños estanques que mecían hojas de otoño y nenúfares por igual, sus titánicos y milenarios árboles de raíces retorcidas y brazos desnudos a través de los cuales el viento seguía tocando su melodía. Y cómo no sentirse abrumado ante la belleza de los mausoleos familiares, con sus fachadas al estilo clásico adornadas con columnas estriadas, sus capiteles adornados con volutas u hojas de acanto, y sus frontones triangulares.
Vinko aparcó el coche a un lado del extenso camino, justo debajo de un sólido roble cuyas ramas más altas parecían arañar la luna, preñada de luz, perfectamente redonda.
No había terminado de echar el freno de mano cuando se vio asaltado por una apasionada Katia, que lo estrechó con sus brazos y comenzó a cubrir su mejilla de besos húmedos, tirando de él hacia ella.  Vinko encaró el beso y cerró los ojos, buscando a tientas los labios de ella en la oscuridad. Solo la ligera luz del salpicadero alumbraba sus figuras, y una canción que emitía la radio envolvía de música el momento.
Vinko desplazó el asiento hacia atrás, y Katia se posicionó encima de él, rodeando sus caderas con sus firmes piernas. Él regó besos a lo largo de la garganta de Katia, y ella echó la cabeza hacia atrás, suspirando de placer.
—Sabes a melón —murmuró Vinko, aproximando su lengua al escote de la joven.
Katia tardó un rato en contestar, concentrada como estaba en sentir la boca de él succionando los prominentes montículos que sobresalían del borde del escote.
—Es un… nuevo… per…fume —logró articular—. ¿Te…gusta?
—Hmmm —gruñó él mientras su mano ascendía por el muslo bronceado de la muchacha y se introducía debajo de la orilla del vestido, en dirección a su ingle—. Me encanta.
De pronto Vinko captó un destelló por el rabillo del ojo. Se giró hacia su ventana y emitió un grito asustado. Pegado al cristal había un rostro observándolos con atención, la curiosidad asomando a sus espectrales ojos.

viernes, 2 de noviembre de 2012

#CAPÍTULO 1: ¡Feliz Halloween! (I)


La noche era perfecta. El cielo era tan negro que daba la sensación de atraparte en una cúpula de cristales teñidos. Sin embargo, una luna, pletórica y pálida, se dejaba entrever a través de los jirones de un vestido de algodón.
Era Halloween, y el firmamento no podía contextualizar mejor aquel día.
Vinko pensó que le gustaba aquella noche. O le gustaría si no estuviera a punto de perder la paciencia, gruñó para sus adentros mientras trataba de colocarse la lentilla por undécima vez (como mínimo) que le haría lucir ojos inyectados en sangre.
—A este paso lloraré lágrimas de sangre de verdad —masculló mientras parpadeaba para cesar el lagrimeo de su ojo. Sin embargo, esa vez la lente decidió que ya se había resistido bastante y por fin se adhirió a su pupila perfectamente.  
Cuando la vista se le desempañó pudo observar el efecto de su nuevo color de ojos, que añadía el toque perfecto a su disfraz de vampiro centenario. Su piel era pálida de por sí, así que no había tenido que recurrir a potingues pringosos para blanquearse la piel. Se había aplicado un poco de sombra roja y morada de su tía debajo de los ojos, y estás resaltaban la rojez brillante de sus irises. Se había dejado suelta la melena larga que llevaba teñida de azul eléctrico desde hacía medio año. A su tía le parecía algo estrambótico, sin embargo, no se había opuesto y había terminado por dejar de arrojar comentarios sobre que parecía integrante de una banda noruega de quemadores de iglesias. En realidad, no era un comentario totalmente carente de fundamento, puesto que en realidad tenía ascendencia nórdica por parte de su… bueno, cabrónquederramólasimiente en su vocabulario, en el del resto de los mortales simplemente: padre.
De ahí que tuviera un nombre considerado raro.
Se afianzó los colmillos de plástico con un empujoncito de la punta de su lengua, y se recordó a un chupasangre degustando su grupo sanguíneo predilecto. Sonrío al espejo y decretó que estaba perfecto para el acontecimiento de esa noche. Llevaba vaqueros negros adornados con múltiples cadenas y remaches de plata, unas botas de la misma tonalidad y pesadas, y una camiseta también negra que había rasgado adrede en algunas zonas y había ornado con imperdibles. En el centro de la camiseta figuraba con letras carismáticas y blancas el nombre de su propia banda: “Madness Detector”. Para completar la indumentaria y fusionarte con su personaje vampírico se había agenciado una capa larga que por dentro era de terciopelo de color borgoña.
Miró hacia el reloj de pared de su habitación. Las 20:50. Tenía que salir de inmediato; había quedado en recoger a Katia a las nueve en punto.
Se equipó el estuche sólido donde guardaba su guitarra y salió de su habitación. Aquella noche habían contratado a su banda para animar la fiesta del instituto, y se tirarían hora y media en el escenario versionando a grupos como The 69 Eyes, HIM, Avenged Sevenfold o Vains of Jenna. No era una mala oportunidad para desatar la locura en un gimnasio atestado de cientos de adolescentes. Y por unas horas le salvaría de someterse a sacar a bailar a su pareja canciones lentas de Britney Spears, lo cual era el equivalente a agua bendita o un crucifijo para su lado vampírico.
Aunque sospechaba que los aspectos que él veía como positivos de su espectáculo no eran considerados así por su pareja.


Madness Detector estaba revolucionando el gimnasio. Los focos de luz azulada alumbraban fantasmagóricamente tanto a los músicos como a los jóvenes que se contorsionaban y agitaban sus cabezas sincronizados con la estentórea música. La muchedumbre animaba con su entusiasta respuesta a la banda, que en vez de sentirse más agotada con el paso del tiempo, iba añadiendo más extravagancia y energía a su actuación según se contagiaba del optimismo general que se respiraba en el recinto.
Aunque los había quienes se apartaban a un lado del gimnasio y pegaban sus espaldas a las paredes, como queriendo mantenerse al margen de un contagioso acceso de demencia. Desde el rabillo del ojo miraban a los “frikis” que celebraban el show, y arrugaban el gesto como si sus compañeros rindieran culto al mismísimo diablo y se estuvieran sometiendo a sangrientos rituales y demás primitivismo macabro.
Entre esas personas se hallaban Katia y su amiga Cherise. Katia sujetaba su vaso de ponche y fruncía el ceño en dirección al escenario.
—No pareces estar pasándolo bien —observó Cherise, que aunque permanecía de la misma guisa que su amiga, lo hacía por acompañarla y no porque sintiera tanta aversión hacia el concierto.
—Supongo que preferiría estar bailando en pareja “Say It Right” de Nelly Furtado —replicó Katia en respuesta.
—¿Con Vinko? —preguntó dudosa su amiga.
—Sí.
Sobrevino un largo silencio. Ambas fijaron sus miradas en el escenario y justo en aquel momento el cantante vaciaba un cubo repleto de tinta roja que hacía pasar por sangre sobre las filas más cercanas del público. A su lado, Vinko se había subido a uno de los bafles centrales y ejecutaba un magistral y melódico solo cuya emoción se reflejaba en su rostro, translúcido por los reflectores que lo alumbraban.
—¿Te gusta? —se aventuró a preguntar Cherise.
Katia se encogió de hombros.
—Es innegable que está muy bueno. Aunque también lo es que no vamos a ninguna parte si sigue insistiendo en llevar el pelo azul y lucir la indumentaria de un guardián de tumbas.
—¿Y qué me dices de su música? —la interrogó Cherise.
Katia arrugó la nariz.
—Lo cierto es que no me entusiasma. Es demasiado… enérgica y ruidosa en mi opinión.
—No tenéis nada en común —puntualizó su amiga, negando con la cabeza—. ¿No deberías tratar de “cazar” a un chico con el que fueras más afín?
Katia la miró con evidente fastidio.
—Detesto al resto de los chicos. Me gusta Vinko, pero no me gustan sus aficiones ni sus pintas. Además, va a ser un reto estimulante reformarlo.
—¿Reformarlo? Hablas de él como si fuera la fachada derruida de un edificio histórico —la acusó Cherise mirándola con dureza.
—No está tan decrépito —bromeó Katia, aunque Cherise no compartió su buen humor—. Es más bien un diamante en bruto. Si se deja pulir por mí me lo agradecerá eternamente.
Cherise calló. Disentía con su amiga en todo respecto a aquel asunto, aunque Katia no era alguien con quien fuera sencillo razonar.


—Pilla una —le gritó Vinny, el cantante, mientras le arrojaba una lata de cerveza a distancia.
Vinko, la atrapó al vuelo, sentado en uno de los sillones improvisados  (una ingeniosa disposición de varios trastes sólidos que habían encontrado por la habitación) del “backstage”. En realidad era el almacén donde se guardaba mercancía deportiva que había sido circunstancialmente habilitado para proporcionarles un espacio tranquilo con catering y neveras con bebidas (que para sorpresa de muchos incluía alcohólicas).
—¿Cómo es que hay algo más aparte de repugnante ponche? —preguntó Vinko maravillado mientras tiraba de la anilla de la lata y daba un largo trago.
—Cuando Vinny se encarga de cerrar contratos jamás se excluye el alcohol —contestó el joven, muy pagado de sí mismo. Su verdadero nombre era Vincent, pero nadie le llamaba así. Era un nombre serio que chirriaba con la naturaleza optimista de él.
—¿Cómo lo haces, tío? —inquirió fascinado Gore, el bajista. Él tampoco se llamaba así en realidad. Era un alias que encima definía bien la esencia brutal e intensa del grupo. Su verdadero nombre era Gregor. De ahí habían pasado a llamarle Gor y habían acabado por apodarle Gore.
—Dándome la importancia que merezco. Me gusta pensar que tenemos cierto caché que requiere unos requisitos mínimos para disfrutar de nuestro espectáculo… Simplemente nos hago valer, y eso hace que la gente esté dispuesta a complacerme —explicó el adolescente.
—Supongo que eres una buena apuesta como frontman —concedió (Ce)Dric desde su asiento, repantingado en él en una postura muy desgarbada.
—Tío, eres un raro de cojones —dijo Gore dirigiéndose a Dric, al cual veía remover su cubata de calimocho con una de las baquetas.
—La palabra que buscas es lunático —masculló Dric con dureza, aunque enseguida sacó la lengua, que lucía negra por el vodka que había estado bebiendo minutos antes. Se esforzó en acompañar el gesto con una mirada demente, y se río como un poseso ante el gesto asqueado de Gore.
—¿Por qué tenemos a este notas en la banda? —lanzó la pregunta a nadie en particular, como tantas veces hacía.
—Porque es una bestia de la batería —aún así respondió Vinny, de muy buen humor.
En general, pese a los piques entre ellos, los cuales por otro lado eran pan de cada día, todos estaban de un ánimo excelente. El concierto había ido mucho mejor de lo esperado, ya que no esperaban tanta participación por parte del alumnado endogámico de su instituto.
Aunque, naturalmente, no había faltado el típico grupo de gente apolillado que rechazaba todo lo que no participara en su vida diaria… Y el heavy metal era algo que definitivamente no formaba parte de su rutina. Pero al menos habían sido una notoria minoría.
A juzgar por el siguiente comentario, Vinny también reflexionaba sobre lo mismo.
—Hemos prendido fuego al gimnasio, tíos. Si llegásemos a tocar en el cementerio las tumbas se vaciarían —comentó alegremente haciéndose con una segunda cerveza—. Aunque como siempre ha habido idiotas que tratan al rock como a la lepra del siglo.
—He intentado alcanzar alguna de esas cabezas huecas con las baquetas, pero tengo que practicar más —dijo Dric encogiéndose de hombros.
Dric era alguien muy extraño, incluso para sus amigos, los cuales pese a pasar tantas horas con él no llegaban a captar su honda. Sus comentarios siempre resultaban entre perturbadores y extravagantes, y jamás terminaban de comprender si hablaba en broma o expresaba su sincera opinión, puesto que pese a que la esencia de lo que decía solía ser más apropiado de catalogar en broma, siempre hablaba con una seriedad desconcertante que sembraban la duda de si hablaría en serio o no. Al final, habían resuelto de tácito acuerdo reírse de todo cuanto soltaba, y esta vez no fue la excepción.
—A propósito, no he visto a tu Katia durante el concierto —observó Gore.
Vinko torció el gesto involuntariamente. Él sí que la había visto, aunque no dónde a él le habría gustado que estuviera. No es que le doliese exactamente el hecho de que ella no hiciera el mínimo esfuerzo por tolerar algo que para él era más que una afición: la música. Porque para él la música era la forma en que se sentía ilimitado, libre, ingrávido, fuerte. La forma en que se identificaba con el resto del mundo, en que lograba conectar con él. La forma en la que se sentía acompañado hasta en soledad. La música era, simplemente, lo que complementaba su alma. O así lo sentía él.
Tal vez el hecho de que Katia no aceptara esa parte de él era una clara señal de que jamás podrían llegar a ninguna parte. Ni ella deseaba renunciar a su mundo, ni él iba a renunciar al suyo. Y la certeza de que fuera necesario algo así para hacer que su historia funcionase era demasiado triste. Porque, francamente, eran mundos absolutamente distintos y con bordes que no encajaban ni a base del calzador más potente. La única posibilidad era limar los límites de uno de los dos para que pudiesen coexistir de forma tolerable… Y ni siquiera sería una fusión completa.
Tal vez lo mejor era dejarlo estar, definitivamente.
—…Nos sorprende que estés intentando algo con esa pija —estaba diciendo Gore en el momento en que Vinko devolvió su atención al presente.
—Está buenísima —concluyó Vinny, como si eso argumentara todo.
—¿Vamos a comportarnos como aquellos que despreciamos? —inquirió Vinko, algo malhumorado—. ¿También vamos a desdeñar a aquellos que no se parecen a nosotros?
—Viking tiene razón —comentó Dric, tomando por sorpresa a todos con ese alarde pacifista del todo impropio en él. Pero, por tratarse de él, su siguiente frase los dejó más tranquilos—: Despreciarles es poco. Hay que atravesarles baquetas de oreja a oreja y aniquilarlos.
—Gracias por tu aporte, Psychodric —apuntó Vinko con sarcasmo, uniendo ingeniosamente las palabras psicótico y Dric.
—Estoy empezando a hartarme de la compañía masculina —informó Vinny, destapando su tercera cerveza consecutiva y reconduciendo la conversación hacia las primitivas necesidades que lo subyugaban.
—Jamás la toleras —masculló Vinko con mofa—. Solo que hay veces en las que lo disimulas mejor que en otras.
—Oh, vamos —se defendió Vinny—. ¿De qué me serviría ser rockstar si no puedo beneficiarme de la admiración femenina? —preguntó con gran optimismo mientras se dirigía a la salida del camerino.
—Creo que eso de lo que tratas de disfrutar tiene un nombre más concreto: lujuria —puntualizó Vinko.
Vinny se detuvo un momento antes de bajar el picaporte de la salida. Lo apuntó con uno de los dedos pertenecientes a la ocupada mano que sostenía la lata de birra.
—Lujuria. Una palabra acojonante. Debería ser el título de nuestro próximo tema —declaró con entusiasta convicción justo antes de cruzar el vano de la puerta.
Pero estuvo a punto de chocar con una figura que caminaba en dirección contraria.
—¡Katia! —exclamó Vinko, esforzándose por sonar contento, cuando la atisbó tras la gran envergadura de Vinny.
—Hola —saludó ella, penetrando en el saloncito y esbozando una deslumbrante sonrisa—. Me apetecía mucho bailar, y tú no estabas —añadió a modo de explicación de su presencia allí.
Vinko asintió, y lanzó un saludo general al resto de los chicos antes de acompañar a Katia de vuelta al núcleo de la fiesta.

#PRÓLOGO



La Muerte no fue un sueño eterno. Fue un despertar.
La paz que rondaba las horas de sueño había desaparecido, y en cambio, sentía un peso enorme empujando contra sus párpados. Era plenamente consciente de la nada en la que había caído. Sus ojos permanecían sellados en contra de su voluntad y la inquietud comenzó a emanar desde lo más hondo de su ser, alimentada por la oscuridad invariable que la envolvía y la gélida corriente que la abatía. Sus manos se despegaron de los costados de su cuerpo y comenzaron a rascar el vacío, queriendo dar con un punto de apoyo. La violencia de la borrasca la hacían sentirse una muñeca de trapo; se sentía igual de frágil e indefensa, y como aquellas marionetas, tenía la sensación de que en caso de ser catapultada contra algo realmente duro, no se desbarataría como lo haría una pieza de cristal o un ser vertebrado. Lo único que temía era perderse más aún. Encontrarse en un lugar aún más hostil y desconocido y que el miedo que la atenazaba se hiciera más fuerte y finalmente la estrangulara.
Pero no tuvo tiempo de alimentar sus temores; las sombras huyeron rápidamente del único enemigo que podía derrotarlas: la luz. Un foco de procedencia desconocida apareció frente a ella, y cobró intensidad en su aura luminiscente hasta que se hizo tan grande que tuvo la sensación de encontrarse frente al mismísimo sol. La negrura se fulminó al contacto de la luz, y cuando sus ojos se acostumbraron un poco a las nuevas circunstancias empezó a reconocer la silueta de lo que parecía un salón suntuosamente amueblado. Reconoció la superficie que la mantenía estabilizada, sus píes plantados sobre un extenso suelo de baldosas dispuestas a modo de una grandiosa tabla de ajedrez. Observó su alrededor y empezó a identificar más objetos: hileras de enormes ventanales arqueados y divididos por parteluces adornados con relieves de siluetas humanas y bestiales; pedestales rectangulares de granito que se alineaban y acogían antorchas encendidas en su cima a cada lado de la alcoba; un majestuoso y homogéneo grupo escultórico de un corro de ángeles cuyas alas se plegaban a su espalda, vueltas al interior del círculo que formaban, y cuyos brazos se elevaban al techo, las muñecas pegadas la una contra la otra y las manos cayendo de palmas abiertas a cada lado, formando un semicírculo. De la unión de sus manos se disparaba un chorro de agua que caía con elegancia hacia dentro, hacia el centro de la pieza de arte, formando en todos los casos un perfecto arco cristalino. La gran fuente se asentaba sobre una plataforma que a su vez era un foso circular cuyo fondo estaba adornado con esquirlas de cristales de colores que contagiaban la palidez del entorno, reflejando vívidos arcoírises en cada superficie a su alcance.
La estatua se alzaba en el centro de la amplia estancia. Y tras ella, casi pegado a la pared que marcaba el extremo opuesto a dónde la joven se encontraba, se erigía un imponente trono de mármol que se elevaba unos dos metros del suelo y al que se accedía por unas largas escaleras esculpidas en el bloque que hacía de soporte. El sitial era una obra de arte en sí misma, blanco en su esencia, como un rayo de luna, y con tallas de una precisión y calidad apabullantes que mostraban escenas bíblicas relacionadas con la vida, la muerte, la abstracción del alma y los paraísos ultraterrenales. En el extremo de los reposabrazos estaban definidas bajo cincel dos figuras que recordaban al ave fénix. Había un ave en cada pieza, cada una de ellas perfiladas de modo que miraran hacia quién se sentara en el sillón. El pelaje de ambas figuras, ornamentado con brillantes piedras preciosas,  relucía como el mismo fuego al reflejo del sol ambarino que penetraba por los gigantescos vanos.
La joven dio varias vueltas en torno a sí misma, cuestionándose el sentido de que se hallara allí, tratando de descifrar el significado de todos aquellos muebles extraños e inusuales que parecían rendir culto a un mismo concepto. Se sentía rara, rodeada de cosas con las que no se identificaba en lo más mínimo, preguntándose el sentido de su presencia en aquel lugar y tratando de recordar a dónde pertenecía, en vano.
De pronto sus ojos detectaron movimiento en dirección al trono. Encaró el lugar por completo y vio como una nube negra se iba desintegrando sobre el monumento. Tentáculos de vaho negro se expandieron en el aire hasta que se consolidaron en una figura oscura y encapuchada que se mantuvo suspendida unos segundos sobre el grandioso sillón de mármol antes de tomar asiento por fin. Asomó una pálida mano por la manga de la túnica, y con un gesto le pidió que se acercara.
Ella no se movió de inmediato. Estaba paralizada, y sentía que sus píes se habían soldado al suelo gracias al temor que sentía aumentándose dentro de sí. Cada vez comprendía menos, y aunque no recordara quién era ella misma, no entendía que una figura como la que reposaba en la cúspide de ese obelisco pudiera hallar en ella nada que le fuera necesario. No tenía sentido que requiriese su presencia; frente al ser impresionante que sospechaba que era esa silueta, ella sospechaba que era algo insignificante en comparación. Sin embargo, lo cierto era que tampoco tenía mejor plan que obedecer sus deseos y tratar de averiguar algo sobre las circunstancias que la envolvían y sobre quién era ella misma, recapacitó con desmesurada angustia.
Así que, sabiéndose imponente, se vio forzada a azuzar a sus píes deseosos de retenerla en el sitio y a caminar hasta posicionarse a los píes del ser encapuchado.
Un largo silencio extendió el transcurso del tiempo, y aunque a ella, hecha un manojo de nervios, le pareció estar experimentando la eternidad, no osó levantar la voz para poner fin a ese desquiciante tormento. Y en desconsolada paciencia aguardó a que el ente oscuro hablase.
Tiempo después, por fin lo hizo.
—¿Cómo te sientes?                              
Su voz sonó grave, áspera y carente de emoción. La pregunta que formuló, tan fuera de contexto en su opinión, la dejó desconcertada y tardó un buen rato en encontrar las palabras para expresar el complejo estado de ánimo que atravesaba.
—Extraña, desconocida. No puedo reconocer nada a mí alrededor, no puedo entender nada. ¿Dónde estoy?
—Estás en mis dominios —contestó la voz de la figura encubierta de manera críptica y concisa.
La joven vaciló un instante antes de formular su siguiente pregunta, pero la agonía de no saber nada la apremió y la dotó de audacia.
—¿Y quién eres tú?
—Vigila el modo en el que te diriges a mí —la advirtió el individuo con voz dura—. La simpatía que te tenga podría suponer una gran diferencia para sobrevivir a tu Infierno.
Aquellas palabras la impactaron. Sospechaba que lo que le sucedía no era algo agradable, pero el calificativo de “Infierno” para describirlo era algo para lo que no se había preparado.
Observó al ente atentamente, y el respeto y miedo que le inspiró su perfil le advirtieron de la verdad de cuánto decía. Su instinto estaba a favor de creerle y obrar con la precaución que le había sido sugerida. Aún cuando el ansia de ahondar acerca de la nueva y fatigosa revelación la aguijoneaban para subir hasta el último peldaño de las escaleras y zarandear al ser que se escondía en la sombra hasta obligarlo a revelarle todo cuanto sabía del tema, encontró la manera de recomponerse a la desesperación y para su propio asombro, las siguientes palabras que pronunció sonaron tranquilas y oportunas.
—Disculpe mi osadía de antes, pero, le ruego que me oriente un poco respecto a su identidad, por favor.
La sombra se arrellanó en su trono, aparentemente satisfecha de sus nuevos modos, y para “alivio” suyo –puesto que su revelación la descolocó tanto como puede descolocarse alguien- la complació con una clara contestación:
—Te hallas ante mí, niña, la Muerte. Supongo que puedes conjeturar tú sola la transición necesaria para que esto haya sido posible.
El aliento se le atascó en la garganta. Y solo le sirvió para darse cuenta de que solamente respiraba por inercia. Aguantó sin inspirar indefinidamente, y se fijó en que en ningún momento sintió la acuciante necesidad de aspirar aire. Nada se le revolvió dentro, no sintió la más ligera molestia, ningún síntoma que la empujara a aferrase a la vida. Nada. No experimentó ninguna diferencia, al margen del golpe psicológico que supuso este descubrimiento.
Por primera vez se centró en examinarse a sí misma. Levantó las manos hasta suspenderlas a la altura de sus ojos. Ahogó una exclamación mientras su piel habitualmente pálida había alcanzado una translucidez que le permitía ver a través de ella. Le dio la vuelta a las manos una y otra vez, agitándolas frente a ella, como si pudiera borrar de un plumazo la transparencia y la pesadilla sujeta a ésta. Pero seguía igual.
Emitió un grito desolado, muy próximo al llanto desgarrador, y como poseída por un arranque de locura, comenzó a correr por la estancia sin rumbo fijo, como si quisiera huir de su destino.
—¡Soy transparente! ¡Estoy muerta! —gritaba de cuando en cuando.
Sus andares incoherentes la aproximaron hasta el gran bloque que conformaba la escultura. Abrió mucho los ojos, sorprendida, y cómo si quisiera comprobar la verdad de cuánto era ahora, avanzó en contra de ella, aún deseando recibir el doloroso impacto que le señalara que aún había esperanza. Sin embargo, atravesó la escultura limpiamente, sin sentir una mínima sensación, sin que la estatua experimentara la más mínima vibración. Fue como una corriente de aire invisible. No, peor aún. Un aliento de aire vacío. Porque no tenía el poder del viento de balancear una mísera hoja de otoño.
Cuando desembocó al otro lado del monumento, tuvo que aceptar algo que ella misma había comprobado como cierto.
—Estoy muerta —susurró para sí.
Se quedó unos momentos con los ojos mirando al frente, fijos en sus desbocados pensamientos que no sabían qué dirección tomar hacia la reflexión, puesto que realmente no entendía las nuevas circunstancias que acarreaba su nuevo estado existencial. Era consciente de que nunca nada ni nadie la había preparado para enfrentarse a esta etapa; nadie en vida podía saber con certeza lo que deparaba la muerte. Ella misma, aún muerta, no sabía los secretos que guardaba su nueva situación.
Su mente era un generador de preguntas, y aceptando que necesitaba respuestas que ella misma no podía encontrar por su cuenta, recordó que no estaba sola y miró a su espalda en dirección al trono.
—¿Ya puedo cerrar las cortinas y dar por concluida tu función? —preguntó la muerte enarbolando el sarcasmo.
Espoleada por la necesidad de saciar su emergente necesidad de saber, la joven se desplazó nuevamente hasta el trono.
—¿Podr… —se interrumpió a tiempo, recordando de pronto la deferencia que la Muerte exigía en el trato—. Me sentiría muy agradecida si tuviera la consideración para ilustrarme sobre mis nuevas circunstancias existenciales.
—Ya era hora de que pudiéramos pasar a los asuntos prácticos del embrollo —gruñó la muerte reflejando cierta impaciencia y una absoluta carencia de empatía—. Estoy aburrido de dar las mismas explicaciones y revivir este momento una y otra vez… A ver si en el próximo consenso hago validar la iniciativa de apuntalar un manual básico de supervivencia ultraterrenal a cada tumba, y también la creación de una línea telefónica para el más allá con contestador automático y a prueba de tontos… A ver si así saco más tiempo para manejar la guadaña... ¡Ah, es todo tan sumamente irritante! —despotricó, desbordando enojo.
La joven escogió no interferir en su discurso malhumorado, puesto que sospechaba que eso solo añadiría más irritación a su cabreo y no haría sino extender su diatriba quejumbrosa. Así pues, aguardó en absoluto silencio hasta que vio recompensada su paciencia.
—Vamos a ver —comenzó a decir la Muerte, empleando la voz más desganada que pudo hallar. Ante esas palabras que prometían una continuación interesante, la joven se irguió y aguzó los oídos, preparada para grabarse en la memoria lo que fuera a decir—, estás muerta y si estás ante mí es porque no resolviste bien tu vida. La clave que te abrirá las puertas al descanso eterno es tu pasado… —la Muerte vio a la joven a punto de pronunciar algo y apresuró el ritmo de su frase siguiente a fin de adelantársele y superponerse a ella— Ya sé, ya sé: no recuerdas nada acerca de tu vida. Es lo habitual en estos casos. Pero si fuera tan fácil la misión yo no tendría súbditos que me granjearan un respiro de vez en cuando… Te lo explicaré: las almas que no consiguen resolver su asunto pendiente pasan a pertenecerme absolutamente a mí y yo tengo la total libertad de hacer con ellas lo que me plazca: desde apiadarme y permitirles cruzar definitivamente al más allá hasta beneficiarme de ellas. Pero no te confíes de mi bondad; los largos años y la experiencia me han insensibilizado y no recuerdo la última vez que ayudé a alguien…
—¿Y de qué modo podría resolver mi vida sin recordar nada?
—¡Paciencia! —exclamó la Muerte, molesta porque hubiera interrumpido su instructivo discurso—. Tienes permitidas solamente tres interacciones conmigo que debes emplear con sensatez y saber explotar al máximo la oportunidad de descubrir acerca de tu pasado.
—¿Y hay limitaciones en cuanto a la naturaleza de las peticiones permitidas?
—Por supuesto —respondió la Muerte—. Tienes prohibido hacer demandas del tipo <<Vivir nuevamente>>, <<Cruzar al otro lado>> o <<Ser la propia dueña de tu alma>>. Ese tipo de solicitudes son penalizadas, y dado que por norma general nadie es tan estúpido de hacerlas, te advierto de que aprovecho esas exclusivas ocasiones para dar con el modo más retorcido de castigarlas a fin de amenizar mi eterna jornada laboral.
La joven meditó un momento la respuesta del Ángel Oscuro.
—Entonces… ¿Sólo puedo hacer preguntas? ¿No puedo pedir ningún deseo? —preguntó, solo para asegurarse.
—Los sueños pertenecen a los vivos. Tú estás muerta —fue la única respuesta de la Muerte.
Ella lo tradujo como una confirmación de lo que ya sospechaba. Guardó silencio largo rato, abstraída en reflexiones dirigidas a las preguntas que tenían más posibilidades de ayudarla a desenterrar su pasado, a devolverle sus propias vivencias y recomponer el puzle maltrecho de su vida anterior.
Finalmente, se lanzó a aprovechar su primera oportunidad.
—Ya está. He decidido cuál será mi primera pregunta… —hizo una pausa, sintiéndose poco preparada para hacer aquello. Sin embargo, tampoco tenía sentido postergar el momento. No podía aplazarlo por una actividad más agradable. Estaba muerta, y la muerte no era agradable—. Me gustaría saber dónde morí.
—Moriste en una mansión señorial llamada “Attaway Hall”, en el condado de X, en el país Y.
La joven se repitió mentalmente la información un par de veces, memorizándola, y después lanzó su siguiente bola:
—¿La mía fue una muerte natural o provocada? —preguntó con cierto aturrullamiento, deseosa al igual que temerosa de descubrir la verdad.
—Provocada.
Aquella única y solitaria palabra bailó en su mente un vals desmoralizador. Sintió el frío abrazándole cada fibra de su, bueno, de lo que quiera que fuera en su nueva esencia. Sentía miedo, dolor, confusión, impotencia, angustia, desesperación, desfallecimiento, frío. Todo eso a la vez. No supo cómo consiguió no desplomarse allí mismo, rendirse a la necesidad de dejarse chocar contra el duro suelo, a fin de desear descuartizarse como si de una pieza de artesanía delicada se tratara. De alguna manera eso solo le parecía la reproducción física de la fragmentación que ya estaba sucediendo en su alma.
No sabía quién había sido, ni qué personas la habían amado, ni a quiénes había amado ella, ni qué clase de mundo la rodeaba, ni si éste le había hecho feliz o por el contrario se había sentido desgraciada. No tenía la manera de tener perspectiva alguna sobre el panorama de su vida. Pero si algo era fijo era que su muerte había sido provocada. Provocada. La palabra asesinato surcó su mente.
Sus labios se sellaron, reprimiendo el gemido horrorizado que pugnaba desde lo más profundo de su alma. Asesinato. Alguien la había odiado lo suficiente como para desear su muerte. Como para tomársela por su mano.
Estaba a una sola pregunta de desenmascarar al culpable de su muerte. Y, sin embargo, no tuvo energía para pronunciar palabra. Le faltó valor.
No podía saberlo. No quería saberlo. No ahora. Había sido un día duro con tantas cosas que asumir… Con su propia muerte que asimilar. No le parecía que fuera a poder sobrevivir a más.
Un pensamiento que enseguida ahuyentó le recordó que ya estaba muerta. Que “sobrevivir” era una palabra no aplicable a alguien como ella, por pequeña, frágil y aterrada que se sintiera. Jamás acariciaría la esperanza de esperar ver una luz al final del camino. A partir de ese momento, su existencia sería un túnel oscuro, helado y solitario que recorrería sin la promesa de salir a campo abierto, a la luz del sol.
Y, además de todo, cualquier nombre relacionado con la autoría de su muerte no sería de ninguna relevancia para ella, puesto que en realidad, no se acordaba de nadie… Definitivamente no era el momento de conocer esa respuesta. Primero debía reconstruir su vida, y después, reunir el valor para enfrentarse a la verdad más cruda y destructiva.
—¿Vas a formular tu última pregunta? —preguntó la Muerte con impaciente brusquedad.
—No.
—Muy bien —asumió el Ángel Oscuro—. Recuerda que es tú última oportunidad de apelar a mí. No la derroches. Cuando estés inspirada   solo tienes que pronunciar “Me huelen los pies” para invocarme.
—¿Me huelen los píes? —preguntó ella perpleja.
La Muerte emitió una risa sombría y reverberante que provocó un escalofrío a la joven.
—Es el código que he escogido para reírme un poco a costa de desgraciados como tú. Además es una frase segura que no hará que me invoquéis en vano, puesto que dudo mucho que sea algo que dirías en voz alta a nadie.
—Ah —ella no supo que otra cosa responder a eso. Hasta que de pronto cayó en algo que llamó su atención—: ¿A nadie? ¿Quiere decir eso que estaré con más gente como yo?
—¿Quieres malgastar de ese modo tu última pregunta? —amenazó la muerte, removiéndose en su asiento en un inequívoco signo de exasperación y deseos de abandonar la conversación y a ella.
—No —dijo ella inmediatamente.
—Bien. Pues buena suerte —pronunció la Muerte. Pero ella enseguida advirtió que en realidad no le importaba lo bien o lo mal que le fuera, a juzgar por el desapasionamiento de su voz.
Su figura se desintegró en el aire, y ella se sintió más sola que nunca.
Y así seguiría sintiéndose largos años.