sábado, 3 de noviembre de 2012

#CAPÍTULO 2: Nuevos horizontes (I)

—¿Qué te ocurre? —preguntó Katia, incorporándose un poco sobre él y mirándole estupefacta. Observó que él tenía la vista fija en la ventana de su lado, y ella también posó allí sus ojos, aunque no vio nada aparte de la oscuridad reinante del lugar y la silueta pálida de las lápidas que los rodeaban.
Frunció el ceño y devolvió su mirada al rostro de él, que permanecía pálido, helado y conmocionado. Si hubiera visto un fantasma, estaba segura que luciría aquella misma expresión.
Katia le zarandeó el hombro, queriendo captar su atención, pero él no reaccionó. Permaneció mudo, con los ojos agrandados de estupor e incredulidad, absorto en algo que ella no comprendía.
Instintivamente, ella también empezó a sentir miedo, aunque ignoraba a qué estaba temiendo exactamente.


Hailey no pudo moverse.
Era evidente que aquel humano podía verla, aunque no sabía si eso era bueno o malo. Lo único que sabía era que se sentía secretamente esperanzada de poder escapar a su rutinaria soledad. Aunque el gesto de él, aterrado, asombrado y algo traumático no avenían a una interacción amistosa, ella no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de hablar con alguien.
Sabía muy bien que no era sensato. Que interactuar con vivos no iba a ayudarle en su misión. Que no le iba a aportar nada provechoso. Que seguramente no fueran a establecer un diálogo porque él no se mostraría cooperativo. Pero simplemente se negaba a renunciar a la pequeña luz que prendía un rincón de su alma y la animaban a aunque sea intentarlo.
Así pues, atravesó la muralla que suponía el armazón del coche y aproximó el rostro al de él, aunque dejando una prudencial distancia entre ellos para no asustarlo más de lo natural. Pese a sus medidas consideradas, el joven echó la cabeza hacia atrás por inercia, queriendo dejar la máxima distancia posible entre ellos. Sus ojos se abrieron aún más, encharcados de terror.
—Ella no puede verme —pronunció Hailey, señalando con una mano hacia Katia, a la que empezaban a sucederle escalofríos de miedo, ya que si bien sus ojos no veían a Hailey si veían el efecto que ella tenía en Vinko, y además también detectaba un frío inusual que la advertían de una presencia invisible.
—No hables. Al menos conmigo. Te autodeclararás demente —continuó diciendo Hailey—. No te haré daño —prometió—. Por favor, nunca nadie me había visto antes… No sabes lo sola que he estado… —confesó, y la voz se le quebró un poco al pronunciar aquello último.


Vinko había sentido como los engranajes de su mente se paraban por completo en cuanto detectó al fantasma. La razón rechazaba lo que sus ojos le obligaban a aceptar como una realidad. Se había sentido incapaz de pensar en nada, de actuar, de reaccionar. Solo podía consumirse en el creciente miedo que lo había ido devorando poco a poco hasta dejarlo completamente inmovilizado. Ni siquiera su cuerpo había conseguido funcionar por su cuenta, del modo en que siempre lo hacía, y no se dio cuenta de que llevaba largo rato sin pestañear hasta que le ardieron los ojos.
Cuando por fin había ido asimilando el hecho de que estaba viendo un muerto, el fantasma había atravesado la ventana y se había encontrado de frente con el rostro diáfano de ella. Le había trastornado el hecho de ver únicamente la parte superior de su cuerpo dentro del coche. Aquella visión era una reproducción mejorada de cualquier película de miedo, por los muchos millones que hubieran respaldado los efectos especiales.
Cuando esto había sucedido el terror volvió a dominarle, y volvió al punto de partida en cuanto a la asimilación de la antes inimaginable situación.
Sin embargo, cuando ella había hablado y había manifestado su soledad, cuando su voz se había quebrado de ese modo, la sinceridad y la pena de sus ojos habían hecho que, como por arte de magia, su miedo remitiera y en su lugar se instalaran unas inmensas ganas de consolarla.
Ella no volvió a pronunciar palabra, pero continuó con la parte de arriba de su cuerpo suspendida frente a él, con la cara vuelta hacia la suya, mirándolo con fijeza, los ojos anegados de un temor desconocido para él. No era miedo exactamente, era como si simplemente le asustara la idea de que él fuera a rechazarla.
Observó detenidamente sus rasgos. A pesar de la translucidez de su piel, su delicada belleza era reconocible. Aunque su figura parpadeaba pálida y semitrasparente, aún se adivinaba el color miel de sus ojos y el rubio apagado de su cabello. Supuso que en vida habría sido radiante y deslumbrante, con un tesoro reluciente como cabellera y unos ojos brillantes y vívidos. Pero aún poseía belleza, aunque fuera diferente a la de entonces. Ahora irradiaba una melancólica hermosura.
Tuvo ganas de hablarle, pero entonces recordó su consejo. Sus labios, que habían hecho el amago de hablar, se sellaron de nuevo.
—¡Vinko, Vinko! —lo llamó Katia, que permanecía encima de él. Él parpadeó sorprendido cuando reparó en ella, pues aunque la había tenido delante todo el tiempo, era la primera vez que la miraba desde hacía un rato—. ¡Quiero irme a casa!—lloriqueó la joven, temblando de frío y de miedo.
—De acuerdo —consintió él—. Vuelve a tu asiento y nos iremos ahora mismo.
Katia obedeció y él metió primera y arrancó el motor. Antes de liberar el freno de mano, miró fijamente al rostro de la joven espectral, que permanecía junto a él, con una angustia interrogante cincelada en su rostro.
—Este lugar es demasiado solitario —comentó, mirando fijamente al fantasma—. Nadie debería permanecer aquí.
A Vinko le pareció que las facciones de la joven muerta se iluminaban, y él le lanzó una sonrisa casi imperceptible, aunque ella la captó y le respondió con otra tímida. La joven interpretó sus palabras como lo que eran: una enmascarada invitación. Así que terminó de introducirse en el auto y paso por entre los dos asientos delanteros, como una ráfaga espectral, y se acomodó en el centro del asiento de detrás.

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