Frunció
el ceño y devolvió su mirada al rostro de él, que permanecía pálido, helado y
conmocionado. Si hubiera visto un fantasma, estaba segura que luciría aquella
misma expresión.
Katia
le zarandeó el hombro, queriendo captar su atención, pero él no reaccionó.
Permaneció mudo, con los ojos agrandados de estupor e incredulidad, absorto en
algo que ella no comprendía.
Instintivamente,
ella también empezó a sentir miedo, aunque ignoraba a qué estaba temiendo
exactamente.
★
Hailey
no pudo moverse.
Era
evidente que aquel humano podía verla, aunque no sabía si eso era bueno o malo.
Lo único que sabía era que se sentía secretamente esperanzada de poder escapar
a su rutinaria soledad. Aunque el gesto de él, aterrado, asombrado y algo
traumático no avenían a una interacción amistosa, ella no estaba dispuesta a
dejar pasar la oportunidad de hablar con alguien.
Sabía
muy bien que no era sensato. Que interactuar con vivos no iba a ayudarle en su
misión. Que no le iba a aportar nada provechoso. Que seguramente no fueran a
establecer un diálogo porque él no se mostraría cooperativo. Pero simplemente
se negaba a renunciar a la pequeña luz que prendía un rincón de su alma y la
animaban a aunque sea intentarlo.
Así
pues, atravesó la muralla que suponía el armazón del coche y aproximó el rostro
al de él, aunque dejando una prudencial distancia entre ellos para no asustarlo
más de lo natural. Pese a sus medidas consideradas, el joven echó la cabeza
hacia atrás por inercia, queriendo dejar la máxima distancia posible entre
ellos. Sus ojos se abrieron aún más, encharcados de terror.
—Ella
no puede verme —pronunció Hailey, señalando con una mano hacia Katia, a la que
empezaban a sucederle escalofríos de miedo, ya que si bien sus ojos no veían a
Hailey si veían el efecto que ella tenía en Vinko, y además también detectaba
un frío inusual que la advertían de una presencia invisible.
—No
hables. Al menos conmigo. Te autodeclararás demente —continuó diciendo Hailey—.
No te haré daño —prometió—. Por favor, nunca nadie me había visto antes… No sabes
lo sola que he estado… —confesó, y la voz se le quebró un poco al pronunciar
aquello último.
★
Vinko
había sentido como los engranajes de su mente se paraban por completo en cuanto
detectó al fantasma. La razón rechazaba lo que sus ojos le obligaban a aceptar
como una realidad. Se había sentido incapaz de pensar en nada, de actuar, de
reaccionar. Solo podía consumirse en el creciente miedo que lo había ido
devorando poco a poco hasta dejarlo completamente inmovilizado. Ni siquiera su
cuerpo había conseguido funcionar por su cuenta, del modo en que siempre lo
hacía, y no se dio cuenta de que llevaba largo rato sin pestañear hasta que le
ardieron los ojos.
Cuando
por fin había ido asimilando el hecho de que estaba viendo un muerto, el
fantasma había atravesado la ventana y se había encontrado de frente con el
rostro diáfano de ella. Le había trastornado el hecho de ver únicamente la
parte superior de su cuerpo dentro del coche. Aquella visión era una
reproducción mejorada de cualquier película de miedo, por los muchos millones
que hubieran respaldado los efectos especiales.
Cuando
esto había sucedido el terror volvió a dominarle, y volvió al punto de partida
en cuanto a la asimilación de la antes inimaginable situación.
Sin
embargo, cuando ella había hablado y había manifestado su soledad, cuando su
voz se había quebrado de ese modo, la sinceridad y la pena de sus ojos habían
hecho que, como por arte de magia, su miedo remitiera y en su lugar se
instalaran unas inmensas ganas de consolarla.
Ella
no volvió a pronunciar palabra, pero continuó con la parte de arriba de su
cuerpo suspendida frente a él, con la cara vuelta hacia la suya, mirándolo con
fijeza, los ojos anegados de un temor desconocido para él. No era miedo
exactamente, era como si simplemente le asustara la idea de que él fuera a
rechazarla.
Observó
detenidamente sus rasgos. A pesar de la translucidez de su piel, su delicada
belleza era reconocible. Aunque su figura parpadeaba pálida y semitrasparente,
aún se adivinaba el color miel de sus ojos y el rubio apagado de su cabello.
Supuso que en vida habría sido radiante y deslumbrante, con un tesoro
reluciente como cabellera y unos ojos brillantes y vívidos. Pero aún poseía
belleza, aunque fuera diferente a la de entonces. Ahora irradiaba una melancólica
hermosura.
Tuvo
ganas de hablarle, pero entonces recordó su consejo. Sus labios, que habían
hecho el amago de hablar, se sellaron de nuevo.
—¡Vinko,
Vinko! —lo llamó Katia, que permanecía encima de él. Él parpadeó sorprendido
cuando reparó en ella, pues aunque la había tenido delante todo el tiempo, era
la primera vez que la miraba desde hacía un rato—. ¡Quiero irme a
casa!—lloriqueó la joven, temblando de frío y de miedo.
—De
acuerdo —consintió él—. Vuelve a tu asiento y nos iremos ahora mismo.
Katia
obedeció y él metió primera y arrancó el motor. Antes de liberar el freno de
mano, miró fijamente al rostro de la joven espectral, que permanecía junto a
él, con una angustia interrogante cincelada en su rostro.
—Este
lugar es demasiado solitario —comentó, mirando fijamente al fantasma—. Nadie
debería permanecer aquí.
A
Vinko le pareció que las facciones de la joven muerta se iluminaban, y él le
lanzó una sonrisa casi imperceptible, aunque ella la captó y le respondió con
otra tímida. La joven interpretó sus palabras como lo que eran: una enmascarada
invitación. Así que terminó de introducirse en el auto y paso por entre los dos
asientos delanteros, como una ráfaga espectral, y se acomodó en el centro del
asiento de detrás.
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