viernes, 2 de noviembre de 2012

#CAPÍTULO 1: ¡Feliz Halloween! (I)


La noche era perfecta. El cielo era tan negro que daba la sensación de atraparte en una cúpula de cristales teñidos. Sin embargo, una luna, pletórica y pálida, se dejaba entrever a través de los jirones de un vestido de algodón.
Era Halloween, y el firmamento no podía contextualizar mejor aquel día.
Vinko pensó que le gustaba aquella noche. O le gustaría si no estuviera a punto de perder la paciencia, gruñó para sus adentros mientras trataba de colocarse la lentilla por undécima vez (como mínimo) que le haría lucir ojos inyectados en sangre.
—A este paso lloraré lágrimas de sangre de verdad —masculló mientras parpadeaba para cesar el lagrimeo de su ojo. Sin embargo, esa vez la lente decidió que ya se había resistido bastante y por fin se adhirió a su pupila perfectamente.  
Cuando la vista se le desempañó pudo observar el efecto de su nuevo color de ojos, que añadía el toque perfecto a su disfraz de vampiro centenario. Su piel era pálida de por sí, así que no había tenido que recurrir a potingues pringosos para blanquearse la piel. Se había aplicado un poco de sombra roja y morada de su tía debajo de los ojos, y estás resaltaban la rojez brillante de sus irises. Se había dejado suelta la melena larga que llevaba teñida de azul eléctrico desde hacía medio año. A su tía le parecía algo estrambótico, sin embargo, no se había opuesto y había terminado por dejar de arrojar comentarios sobre que parecía integrante de una banda noruega de quemadores de iglesias. En realidad, no era un comentario totalmente carente de fundamento, puesto que en realidad tenía ascendencia nórdica por parte de su… bueno, cabrónquederramólasimiente en su vocabulario, en el del resto de los mortales simplemente: padre.
De ahí que tuviera un nombre considerado raro.
Se afianzó los colmillos de plástico con un empujoncito de la punta de su lengua, y se recordó a un chupasangre degustando su grupo sanguíneo predilecto. Sonrío al espejo y decretó que estaba perfecto para el acontecimiento de esa noche. Llevaba vaqueros negros adornados con múltiples cadenas y remaches de plata, unas botas de la misma tonalidad y pesadas, y una camiseta también negra que había rasgado adrede en algunas zonas y había ornado con imperdibles. En el centro de la camiseta figuraba con letras carismáticas y blancas el nombre de su propia banda: “Madness Detector”. Para completar la indumentaria y fusionarte con su personaje vampírico se había agenciado una capa larga que por dentro era de terciopelo de color borgoña.
Miró hacia el reloj de pared de su habitación. Las 20:50. Tenía que salir de inmediato; había quedado en recoger a Katia a las nueve en punto.
Se equipó el estuche sólido donde guardaba su guitarra y salió de su habitación. Aquella noche habían contratado a su banda para animar la fiesta del instituto, y se tirarían hora y media en el escenario versionando a grupos como The 69 Eyes, HIM, Avenged Sevenfold o Vains of Jenna. No era una mala oportunidad para desatar la locura en un gimnasio atestado de cientos de adolescentes. Y por unas horas le salvaría de someterse a sacar a bailar a su pareja canciones lentas de Britney Spears, lo cual era el equivalente a agua bendita o un crucifijo para su lado vampírico.
Aunque sospechaba que los aspectos que él veía como positivos de su espectáculo no eran considerados así por su pareja.


Madness Detector estaba revolucionando el gimnasio. Los focos de luz azulada alumbraban fantasmagóricamente tanto a los músicos como a los jóvenes que se contorsionaban y agitaban sus cabezas sincronizados con la estentórea música. La muchedumbre animaba con su entusiasta respuesta a la banda, que en vez de sentirse más agotada con el paso del tiempo, iba añadiendo más extravagancia y energía a su actuación según se contagiaba del optimismo general que se respiraba en el recinto.
Aunque los había quienes se apartaban a un lado del gimnasio y pegaban sus espaldas a las paredes, como queriendo mantenerse al margen de un contagioso acceso de demencia. Desde el rabillo del ojo miraban a los “frikis” que celebraban el show, y arrugaban el gesto como si sus compañeros rindieran culto al mismísimo diablo y se estuvieran sometiendo a sangrientos rituales y demás primitivismo macabro.
Entre esas personas se hallaban Katia y su amiga Cherise. Katia sujetaba su vaso de ponche y fruncía el ceño en dirección al escenario.
—No pareces estar pasándolo bien —observó Cherise, que aunque permanecía de la misma guisa que su amiga, lo hacía por acompañarla y no porque sintiera tanta aversión hacia el concierto.
—Supongo que preferiría estar bailando en pareja “Say It Right” de Nelly Furtado —replicó Katia en respuesta.
—¿Con Vinko? —preguntó dudosa su amiga.
—Sí.
Sobrevino un largo silencio. Ambas fijaron sus miradas en el escenario y justo en aquel momento el cantante vaciaba un cubo repleto de tinta roja que hacía pasar por sangre sobre las filas más cercanas del público. A su lado, Vinko se había subido a uno de los bafles centrales y ejecutaba un magistral y melódico solo cuya emoción se reflejaba en su rostro, translúcido por los reflectores que lo alumbraban.
—¿Te gusta? —se aventuró a preguntar Cherise.
Katia se encogió de hombros.
—Es innegable que está muy bueno. Aunque también lo es que no vamos a ninguna parte si sigue insistiendo en llevar el pelo azul y lucir la indumentaria de un guardián de tumbas.
—¿Y qué me dices de su música? —la interrogó Cherise.
Katia arrugó la nariz.
—Lo cierto es que no me entusiasma. Es demasiado… enérgica y ruidosa en mi opinión.
—No tenéis nada en común —puntualizó su amiga, negando con la cabeza—. ¿No deberías tratar de “cazar” a un chico con el que fueras más afín?
Katia la miró con evidente fastidio.
—Detesto al resto de los chicos. Me gusta Vinko, pero no me gustan sus aficiones ni sus pintas. Además, va a ser un reto estimulante reformarlo.
—¿Reformarlo? Hablas de él como si fuera la fachada derruida de un edificio histórico —la acusó Cherise mirándola con dureza.
—No está tan decrépito —bromeó Katia, aunque Cherise no compartió su buen humor—. Es más bien un diamante en bruto. Si se deja pulir por mí me lo agradecerá eternamente.
Cherise calló. Disentía con su amiga en todo respecto a aquel asunto, aunque Katia no era alguien con quien fuera sencillo razonar.


—Pilla una —le gritó Vinny, el cantante, mientras le arrojaba una lata de cerveza a distancia.
Vinko, la atrapó al vuelo, sentado en uno de los sillones improvisados  (una ingeniosa disposición de varios trastes sólidos que habían encontrado por la habitación) del “backstage”. En realidad era el almacén donde se guardaba mercancía deportiva que había sido circunstancialmente habilitado para proporcionarles un espacio tranquilo con catering y neveras con bebidas (que para sorpresa de muchos incluía alcohólicas).
—¿Cómo es que hay algo más aparte de repugnante ponche? —preguntó Vinko maravillado mientras tiraba de la anilla de la lata y daba un largo trago.
—Cuando Vinny se encarga de cerrar contratos jamás se excluye el alcohol —contestó el joven, muy pagado de sí mismo. Su verdadero nombre era Vincent, pero nadie le llamaba así. Era un nombre serio que chirriaba con la naturaleza optimista de él.
—¿Cómo lo haces, tío? —inquirió fascinado Gore, el bajista. Él tampoco se llamaba así en realidad. Era un alias que encima definía bien la esencia brutal e intensa del grupo. Su verdadero nombre era Gregor. De ahí habían pasado a llamarle Gor y habían acabado por apodarle Gore.
—Dándome la importancia que merezco. Me gusta pensar que tenemos cierto caché que requiere unos requisitos mínimos para disfrutar de nuestro espectáculo… Simplemente nos hago valer, y eso hace que la gente esté dispuesta a complacerme —explicó el adolescente.
—Supongo que eres una buena apuesta como frontman —concedió (Ce)Dric desde su asiento, repantingado en él en una postura muy desgarbada.
—Tío, eres un raro de cojones —dijo Gore dirigiéndose a Dric, al cual veía remover su cubata de calimocho con una de las baquetas.
—La palabra que buscas es lunático —masculló Dric con dureza, aunque enseguida sacó la lengua, que lucía negra por el vodka que había estado bebiendo minutos antes. Se esforzó en acompañar el gesto con una mirada demente, y se río como un poseso ante el gesto asqueado de Gore.
—¿Por qué tenemos a este notas en la banda? —lanzó la pregunta a nadie en particular, como tantas veces hacía.
—Porque es una bestia de la batería —aún así respondió Vinny, de muy buen humor.
En general, pese a los piques entre ellos, los cuales por otro lado eran pan de cada día, todos estaban de un ánimo excelente. El concierto había ido mucho mejor de lo esperado, ya que no esperaban tanta participación por parte del alumnado endogámico de su instituto.
Aunque, naturalmente, no había faltado el típico grupo de gente apolillado que rechazaba todo lo que no participara en su vida diaria… Y el heavy metal era algo que definitivamente no formaba parte de su rutina. Pero al menos habían sido una notoria minoría.
A juzgar por el siguiente comentario, Vinny también reflexionaba sobre lo mismo.
—Hemos prendido fuego al gimnasio, tíos. Si llegásemos a tocar en el cementerio las tumbas se vaciarían —comentó alegremente haciéndose con una segunda cerveza—. Aunque como siempre ha habido idiotas que tratan al rock como a la lepra del siglo.
—He intentado alcanzar alguna de esas cabezas huecas con las baquetas, pero tengo que practicar más —dijo Dric encogiéndose de hombros.
Dric era alguien muy extraño, incluso para sus amigos, los cuales pese a pasar tantas horas con él no llegaban a captar su honda. Sus comentarios siempre resultaban entre perturbadores y extravagantes, y jamás terminaban de comprender si hablaba en broma o expresaba su sincera opinión, puesto que pese a que la esencia de lo que decía solía ser más apropiado de catalogar en broma, siempre hablaba con una seriedad desconcertante que sembraban la duda de si hablaría en serio o no. Al final, habían resuelto de tácito acuerdo reírse de todo cuanto soltaba, y esta vez no fue la excepción.
—A propósito, no he visto a tu Katia durante el concierto —observó Gore.
Vinko torció el gesto involuntariamente. Él sí que la había visto, aunque no dónde a él le habría gustado que estuviera. No es que le doliese exactamente el hecho de que ella no hiciera el mínimo esfuerzo por tolerar algo que para él era más que una afición: la música. Porque para él la música era la forma en que se sentía ilimitado, libre, ingrávido, fuerte. La forma en que se identificaba con el resto del mundo, en que lograba conectar con él. La forma en la que se sentía acompañado hasta en soledad. La música era, simplemente, lo que complementaba su alma. O así lo sentía él.
Tal vez el hecho de que Katia no aceptara esa parte de él era una clara señal de que jamás podrían llegar a ninguna parte. Ni ella deseaba renunciar a su mundo, ni él iba a renunciar al suyo. Y la certeza de que fuera necesario algo así para hacer que su historia funcionase era demasiado triste. Porque, francamente, eran mundos absolutamente distintos y con bordes que no encajaban ni a base del calzador más potente. La única posibilidad era limar los límites de uno de los dos para que pudiesen coexistir de forma tolerable… Y ni siquiera sería una fusión completa.
Tal vez lo mejor era dejarlo estar, definitivamente.
—…Nos sorprende que estés intentando algo con esa pija —estaba diciendo Gore en el momento en que Vinko devolvió su atención al presente.
—Está buenísima —concluyó Vinny, como si eso argumentara todo.
—¿Vamos a comportarnos como aquellos que despreciamos? —inquirió Vinko, algo malhumorado—. ¿También vamos a desdeñar a aquellos que no se parecen a nosotros?
—Viking tiene razón —comentó Dric, tomando por sorpresa a todos con ese alarde pacifista del todo impropio en él. Pero, por tratarse de él, su siguiente frase los dejó más tranquilos—: Despreciarles es poco. Hay que atravesarles baquetas de oreja a oreja y aniquilarlos.
—Gracias por tu aporte, Psychodric —apuntó Vinko con sarcasmo, uniendo ingeniosamente las palabras psicótico y Dric.
—Estoy empezando a hartarme de la compañía masculina —informó Vinny, destapando su tercera cerveza consecutiva y reconduciendo la conversación hacia las primitivas necesidades que lo subyugaban.
—Jamás la toleras —masculló Vinko con mofa—. Solo que hay veces en las que lo disimulas mejor que en otras.
—Oh, vamos —se defendió Vinny—. ¿De qué me serviría ser rockstar si no puedo beneficiarme de la admiración femenina? —preguntó con gran optimismo mientras se dirigía a la salida del camerino.
—Creo que eso de lo que tratas de disfrutar tiene un nombre más concreto: lujuria —puntualizó Vinko.
Vinny se detuvo un momento antes de bajar el picaporte de la salida. Lo apuntó con uno de los dedos pertenecientes a la ocupada mano que sostenía la lata de birra.
—Lujuria. Una palabra acojonante. Debería ser el título de nuestro próximo tema —declaró con entusiasta convicción justo antes de cruzar el vano de la puerta.
Pero estuvo a punto de chocar con una figura que caminaba en dirección contraria.
—¡Katia! —exclamó Vinko, esforzándose por sonar contento, cuando la atisbó tras la gran envergadura de Vinny.
—Hola —saludó ella, penetrando en el saloncito y esbozando una deslumbrante sonrisa—. Me apetecía mucho bailar, y tú no estabas —añadió a modo de explicación de su presencia allí.
Vinko asintió, y lanzó un saludo general al resto de los chicos antes de acompañar a Katia de vuelta al núcleo de la fiesta.

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