A él ella le
recordó un hada de fábula. De sus cabellos parecían prender fuegos
fatuos, iluminando suavemente la redondez de su rostro. Sus ojos
emitían una luz tenue y suave que iluminaban su mirada directa y
transparente. Su piel era traslúcida y nívea, y se fusionaba con el
vestido de princesa que vestía. Toda ella irradiaba luz y calor. Sí,
eso era lo más extraño... Ella debería provocarle escalofríos.
Ella debería transmitir frío. Y en cambio, simplemente parecía ser
abrazada por una calma y una calidez sorprendentes.
— Por
tu vestido diría que tu existencia se remonta a dos siglos, como
mínimo — comentó
él. Estaba algo turbado por la intensidad del momento, envuelto en
el más perfecto silencio. Necesitaba romper el hechizo.
— ¿Ya
han pasado dos siglos? — susurró ella, sin que estuviera
preguntando en busca de una contestación. Simplemente fue una
reflexión en voz alta, mientras sus ojos se perdían entre las nubes
que vestían a la luna.
Él
no hizo ningún comentario. Sus ojos recorrieron su perfil soñador
mientras la mente de ella volaba lejos.
— Ha
debido de resultarte muy duro — reflexionó él en voz queda.
— Lo
cierto es que el tiempo tiene un ritmo diferente cuando se está
muerto — contestó ella, con los ojos desenmarañando
jirones de sueños que él no podía adivinar— . Tienes tiempo de
leer el mundo como no lo hiciste en vida. El ser humano es egoísta,
y solo es capaz de mirar el mundo a través de sus ambiciones, sus
deseos y sus necesidades. Pero cuando uno pasa a formar parte del
decorado de la nada, cuando uno no tiene participación en el
transcurso de la vida, ya no tiene sentido continuar encerrado en los
límites de tu existencia — explicó ella, de pronto liberada de la
telaraña de sus recuerdos y fijando su mirada en los ojos de él—
. El mundo renace de una manera distinta. Tú no puedes hacer nada
más que deambular por las maravillas de la naturaleza, detenerte a
examinar la labor de una abeja, tratar de recordar el peso de una
flor o la caricia del viento. Evalúas
los
efectos de cada estación y admiras cada una de manera distinta. En
primavera te encanta contemplar el renacer de la vida, el
modo en que las flores luchan contra el letargo del invierno y doran
sus capullos al sol hasta que se sienten lo suficientemente hermosas
como para dejar que el mundo las admire. En verano la tierra luce
colores brillantes, y la belleza alegre
que te rodea disipa los pensamientos
tristes. En otoño el planeta se torna aún más hermoso, con un
cromatismo más limitado pero también más cálido, como si la
tierra se prendiera fuego a sí misma y ondeara un
banderín en
llamas rojizas,
ámbares, naranjas y amarillas
— Hizo
una pausa, todo lo que describía ardía en las profundidades de sus
ojos y en la intensidad de su voz— .
En invierno todo color se funde en un perpetuo gris, es como la
neblina de un sueño, el reposar de la esperanza. Los lagos se
congelan y se vuelven pulidos
cristales donde el cielo nuboso encuentra su más fiel retrato. Los
árboles se inclinan a las tormentas, y sus ramas desnudas se agitan
a las ordenes del viento. Este
paisaje rescata
de los pliegues más profundos de la mente
los
pensamientos
más tristes, pero de alguna manera te hace bien enfrentarte a las
esperanzas frustradas.
Él
escuchó todo cuanto decía embelesado, su mente esforzándose por
esbozar toda la hermosura que ella le narraba. No podía negar que
jamás se había detenido a examinar las sutilezas que ofrecía la
naturaleza, o desde luego si lo había hecho no le había conferido
la importancia que merecía. Nunca se
le había ocurrido antes que pudiera
estar
demasiado recluido
en su propia
vida,
en
su propio ser,
tanto que se olvidaba de lo que le podía aportar el escenario de un
atardecer o la delicadeza de un jardín floreado. Tal vez era verdad
que no absorbía
la vida en su totalidad, que no tenía interés por explorar lo que
gratuitamente se le ofrecía a cada instante. Tal vez nunca apreciaba
los matices del mundo porque estaba
demasiado ocupado trabajando en sus ambiciones. Tal vez le convenía
escapar de sí mismo de vez en cuando y abrir la mente al mensaje que
el mundo transmitía con cada amanecer. Tal
vez ella pudiera reeducar su espíritu. Tal vez la muerte te volvía
más sabio. Pero entonces era tarde para enmendar toda una vida
mediocre.
— Tienes
razón — murmuró
él, mirándola fascinado— .
Tengo
ojos, tengo
vida, tengo opciones;
y jamás he visto lo que tú, ni
siquiera se me ha ocurrido pensar que me estaba perdiendo algo
importante.
Ella
le dedicó una sonrisa suave.
— El
tiempo aún te pertenece
— le recordó con voz dulce.
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