lunes, 5 de noviembre de 2012

#CAPÍTULO 2: Nuevos Horizontes (III)

A él ella le recordó un hada de fábula. De sus cabellos parecían prender fuegos fatuos, iluminando suavemente la redondez de su rostro. Sus ojos emitían una luz tenue y suave que iluminaban su mirada directa y transparente. Su piel era traslúcida y nívea, y se fusionaba con el vestido de princesa que vestía. Toda ella irradiaba luz y calor. Sí, eso era lo más extraño... Ella debería provocarle escalofríos. Ella debería transmitir frío. Y en cambio, simplemente parecía ser abrazada por una calma y una calidez sorprendentes.
Por tu vestido diría que tu existencia se remonta a dos siglos, como mínimo comentó él. Estaba algo turbado por la intensidad del momento, envuelto en el más perfecto silencio. Necesitaba romper el hechizo.
¿Ya han pasado dos siglos? — susurró ella, sin que estuviera preguntando en busca de una contestación. Simplemente fue una reflexión en voz alta, mientras sus ojos se perdían entre las nubes que vestían a la luna.
Él no hizo ningún comentario. Sus ojos recorrieron su perfil soñador mientras la mente de ella volaba lejos.
Ha debido de resultarte muy duro — reflexionó él en voz queda.
Lo cierto es que el tiempo tiene un ritmo diferente cuando se está muerto — contestó ella, con los ojos desenmarañando jirones de sueños que él no podía adivinar— . Tienes tiempo de leer el mundo como no lo hiciste en vida. El ser humano es egoísta, y solo es capaz de mirar el mundo a través de sus ambiciones, sus deseos y sus necesidades. Pero cuando uno pasa a formar parte del decorado de la nada, cuando uno no tiene participación en el transcurso de la vida, ya no tiene sentido continuar encerrado en los límites de tu existencia — explicó ella, de pronto liberada de la telaraña de sus recuerdos y fijando su mirada en los ojos de él— . El mundo renace de una manera distinta. Tú no puedes hacer nada más que deambular por las maravillas de la naturaleza, detenerte a examinar la labor de una abeja, tratar de recordar el peso de una flor o la caricia del viento. Evalúas los efectos de cada estación y admiras cada una de manera distinta. En primavera te encanta contemplar el renacer de la vida, el modo en que las flores luchan contra el letargo del invierno y doran sus capullos al sol hasta que se sienten lo suficientemente hermosas como para dejar que el mundo las admire. En verano la tierra luce colores brillantes, y la belleza alegre que te rodea disipa los pensamientos tristes. En otoño el planeta se torna aún más hermoso, con un cromatismo más limitado pero también más cálido, como si la tierra se prendiera fuego a sí misma y ondeara un banderín en llamas rojizas, ámbares, naranjas y amarillas — Hizo una pausa, todo lo que describía ardía en las profundidades de sus ojos y en la intensidad de su voz— . En invierno todo color se funde en un perpetuo gris, es como la neblina de un sueño, el reposar de la esperanza. Los lagos se congelan y se vuelven pulidos cristales donde el cielo nuboso encuentra su más fiel retrato. Los árboles se inclinan a las tormentas, y sus ramas desnudas se agitan a las ordenes del viento. Este paisaje rescata de los pliegues más profundos de la mente los pensamientos más tristes, pero de alguna manera te hace bien enfrentarte a las esperanzas frustradas.
Él escuchó todo cuanto decía embelesado, su mente esforzándose por esbozar toda la hermosura que ella le narraba. No podía negar que jamás se había detenido a examinar las sutilezas que ofrecía la naturaleza, o desde luego si lo había hecho no le había conferido la importancia que merecía. Nunca se le había ocurrido antes que pudiera estar demasiado recluido en su propia vida, en su propio ser, tanto que se olvidaba de lo que le podía aportar el escenario de un atardecer o la delicadeza de un jardín floreado. Tal vez era verdad que no absorbía la vida en su totalidad, que no tenía interés por explorar lo que gratuitamente se le ofrecía a cada instante. Tal vez nunca apreciaba los matices del mundo porque estaba demasiado ocupado trabajando en sus ambiciones. Tal vez le convenía escapar de sí mismo de vez en cuando y abrir la mente al mensaje que el mundo transmitía con cada amanecer. Tal vez ella pudiera reeducar su espíritu. Tal vez la muerte te volvía más sabio. Pero entonces era tarde para enmendar toda una vida mediocre.
Tienes razón — murmuró él, mirándola fascinado— . Tengo ojos, tengo vida, tengo opciones; y jamás he visto lo que tú, ni siquiera se me ha ocurrido pensar que me estaba perdiendo algo importante.
Ella le dedicó una sonrisa suave.
El tiempo aún te pertenece — le recordó con voz dulce.

No hay comentarios:

Publicar un comentario