Nadie
habló durante el tiempo que tardaron en dejar atrás el camposanto. Vinko
dirigía el coche de manera distraída, sus ojos imantados al retrovisor, por el
cual cruzaba fugaces pero repetidas miradas con Hailey. Ella por su parte se
sentía excitada ante el giro que había tomado su existencia; si bien nunca había
aceptado bien los cambios bruscos, su rutina era tan deprimente que había
dejado de cultivar esa aversión. En cambio, no podía dejar de impacientarse por
tener una entrevista a solas con él, dónde pudiera hablar y sentirse escuchada.
Donde pudiera expresarse. Donde pudiera sentir que formaba parte de algo más
allá de sus míseras pesadillas.
—¿Qué
ha ocurrido allí? —preguntó de pronto Katia, rompiendo el silencio una vez que salían
del desvío que llevaba al cementerio y se incorporaban a una carretera principal.
El hecho de alejarse de aquel lugar le hizo recobrar el aliento. Aunque los
efectos del miedo aún la esclavizaban, haciéndola temblar de frío y cascándole
la voz.
Cuando
Vinko se percató del violento modo en que se agitaba el cuerpo de Katia se preocupó
y activó la calefacción, regulándola a la máxima temperatura. Eligió no
contestar a su pregunta, puesto que no sabía qué podía decirle. Y además,
seguir escarbando en el tema no ayudaría a que se sintiera mejor.
—¿Mejor?
—indagó Vinko al cabo de cinco minutos.
Katia
asintió, y cuando el tono de su voz se normalizó bastante volvió a la carga,
repitiendo la cuestión.
—No
lo sé —mintió él.
La
chirriante música de la radio, sonoramente contaminada por interferencias,
adoptó protagonismo mientras los jóvenes se recluían en sus pensamientos. El
silencio se prolongó hasta que Vinko se internó en el centro de la villa,
habitado por un profuso ejército de casas y demás edificios. Pronto se
detuvieron frente al hogar de Katia, una espaciosa vivienda de piedra rojiza
con hileras de grandes ventanas y un porche encantador e integrado en las
dimensiones de la casa, sin que éste supusiera un espacio extra agregado a la
casa.
Vinko
apagó el motor, pero Katia no hizo amago alguno de salir del coche. Se quedó
unos momentos con la vista fija en el frente, callada. Entonces orientó su cara
hacia él y lo miró directamente.
—Sé
que mientes —dijo.
Vinko
reprimió una mueca. No quería proseguir con esa conversación. Por un lado, no lo
sentía algo que debiera contarle a ella. Y por otro, deseaba que ella se fuera
cuanto antes para poder interrogar de inmediato a la joven difunta.
—Creo
que lo mejor es que aplacemos esta charla —propuso él, sinceramente—. Ya ha
sido suficiente por hoy. Es mejor que descanses.
Katia
asintió e inclinó la parte superior de su cuerpo para depositar un breve beso
en los labios de él. Y después salió del auto y se alejó por el camino de
entrada.
Vinko
se giró inmediatamente hacia el asiento de atrás y clavó sus ojos, de un rojo
brillante a causa de las lentillas, en Hailey.
—¿Cuánto
tiempo llevas muerta? —lanzó su pregunta tal cual, sin demorarse en sutilezas
ni allanar el terreno antes.
Hailey
señaló hacia la casa a través del cristal.
—Creo
que deberíamos hablar en otro lugar. Seguramente ella se preocupará por si te
ha dado una apoplejía en el coche —sugirió el fantasma.
Vinko
cedió y con una impaciencia que se reflejó en sus apresuradas maniobras dejó
atrás la calle residencial. Cuando miró hacia Hailey por el retrovisor, se
encontró con que ya no estaba allí.
—Me
he mudado a aquí —comentó ella, adivinando sus pensamientos y saludándole desde
el asiento copiloto—. Espero que no te importe. Si te sientes más cómodo puedo
volver atrás —ofreció.
—No,
así está bien —concedió Vinko, y volvió a concentrarse en dirigir el coche
hacia algún lugar donde pudieran conversar tranquilamente.
—¿Cómo
se llama ella? —preguntó de pronto el fantasma.
—¿Quién?
—ella no contestó de inmediato, y cuando la miró de reojo le estaba mirando con
un gesto elocuente que le arrancó una breve sonrisa—. Ah, te refieres a Katia.
—¿Esa
sonrisa iba dirigida a algún pensamiento sobre ella? —inquirió Hailey.
—No.
Era para ti —respondió él, y aquello la hizo sentir extrañamente bien.
—¿Es
tu novia? —quiso saber.
Vinko
no contestó de inmediato. No con palabras. Porque lo que si le dirigió fue unos
ojos de mirada burlona adornados de una ceja arqueada.
—¿No
eres demasiado indiscreta para los modales que exigía tu siglo?
—¿Mi
siglo? —preguntó Hailey desconcertada.
—Tu
traje —señaló él.
Hailey
bajo la mirada hacia su vestido. Éste era totalmente blanco y lujoso, de fina
tela suave. El escote era bastante bajo y en forma de corazón, la zona del
pecho cubierta por hermoso un encaje floral. Las mangas de gasa partían desde
el corpiño, y caían graciosamente desde sus hombros en sedosas ondas que
recordaban a los pétalos revueltos de una rosa blanca. La voluminosa falda de
su vestido tenía varias capas. La de más abajo era larga y sencilla, sin
adornos, y cubría sus píes por entero. La siguiente se superponía a ella casi
completamente, aunque la orilla de la pieza era bastante más corta y acababa en
picos de bordes dentados y redondeados. Por último, otro oleaje de gasa de
varias capas nacía desde la cintura del traje, enmarcando las caderas de la
joven.
—Ah
—dijo simplemente. Estaba tan acostumbrada a verse de esa guisa que no se le
había pasado por la cabeza que su atuendo pueda ser relevante para él.
—¿De
qué época vienes? —preguntó él, y no trató de ocultar la curiosidad que se
reflejó en su voz.
—¿Tú
qué crees? —sondeó ella.
—¿Te
apetece jugar a las adivinanzas? —bromeó él, creyendo que ella trataba de
entretenerse a costa de eso.
—No…
—contestó ella, insegura—. En realidad, no lo recuerdo.
A
Vinko el coche se le desvío un poco mientras se giraba a mirarla con abierta
incredulidad.
—¡El
coche! —exclamó ella, alarmada. Ella, naturalmente, no podía sufrir un accidente, pero él sí y no
estaba dispuesta a perder a la única persona que podía verla.
Él
enseguida devolvió su atención al manejo del auto, pero hizo hincapié en el
tema:
—¿No
recuerdas cuándo viviste?
—No.
En realidad, no recuerdo nada —confesó ella—. No me acuerdo a qué época
pertenecí exactamente, cuál era mi rostro, quiénes eran mis padres o si tenía
amigos o marido. Y, por supuesto, no recuerdo en qué circunstancias morí…
Vinko
no agregó nada por unos momentos. Estaba asombrado por semejante revelación. Y
algo consternado también. ¿Es que la crueldad terrenal traspasaba los límites
de la vida y seguía cultivándose en el más allá? ¿El caso de Hailey, la difunta
condenada al enigma y la incomprensión de su propia vida, era una maldición
aplicada generalmente o solo en casos concretos? ¿Realmente tu vida era una
colección de méritos y errores que después alguien juzgaba y dictaminaba tu
futuro? ¿Es que no se dejaba de sufrir nunca? ¿La muerte no era la solución a
todos los problemas como comúnmente se creía? ¿A caso siempre cargabas contigo
el vacío de tu existencia?
En
ese momento Vinko divisó un buen lugar para detener el coche. Se internó en el
parking al aire libre que ofrecía un supermercado de tamaño medio. Las plazas
de aparcamiento estaban todas disponibles quitando un par que dos coches inhabitados
ocupaban.
—¿Tampoco
recuerdas tu nombre? —le preguntó Vinko una vez pausó por completo el
movimiento del coche. Se giró a mirarla y vio que ella lo miraba atentamente
con gesto bondadoso. Mientras le contaba todo aquello a su cara no asomaba la mínima
señal de rencor, como a él le asaltaría de estar en su situación. Simplemente
empleaba un tono resignado, como si se hubiera acostumbrado a esa situación y
finalmente la hubiera aceptado. Como si el tiempo transcurrido hubiera caducado
la frustración y el desasosiego.
Le
parecía la criatura más mansa y dulce que jamás había conocido. Una pieza
extraña que era imposible encontrar en su mundo. Bueno, en efecto, ella era
alguien único e incomparable hasta en el sentido más práctico.
—No
del todo. Solo sé que mi nombre de pila era Hailey —declaró ella finalmente,
con sus enormes ojos fijos en los suyos.
A
Vinko le llamó la atención el modo en que había empleado el verbo
<<era>>. En pasado. Eso le reveló mucho. Como que ella se había
estado sintiendo muerta mucho tiempo.
—Hailey
es bonito —alegó él, en parte porque así lo pensaba y en parte porque quería
ser agradable con ella.
Ella
esbozó una tímida sonrisa.
—Gracias
—susurró—. ¿Tú cómo te llamas?
—Vinko.
Apuesto a qué no lo has escuchado nunca antes, ¿a que sí? —contestó él con su
mejor intención de darle un toque ameno a la conversación, pero enseguida se sintió
mal al escuchar su respuesta.
—En
realidad no puedo asegurar que no lo haya escuchado nunca —dijo ella—. Pero
apostaría a que es así… Me gusta. Es muy singular y te sienta bien.
—Gracias.
Se
quedaron en silencio, estudiándose con la mirada mutuamente.
Hailey
empezaba a familiarizarse con su aspecto, el cuál al principio se le había
antojado extraño y muy particular. Su cabello, de un azul eléctrico cuando le
daba la luz, ahora pasaba por un discreto tono oscuro, casi negro, gracias al
influjo de las sombras. Sus ojos rojos también habían perdido el impacto de su
peculiaridad y lucían oscurecidos. Además, eran alojadores de una mirada suave
y agradable. El miedo había desaparecido por completo de ellos, y a ella le
alegraba un montón ese hecho. Ahora no sentía hacia ella otra cosa que una
genuina curiosidad e interés por lo novedoso de la situación y lo desconocido
que ella encarnaba. Ella pensó que él era hermoso. Aún con sus características
tan caracterizadas, seguía siendo un joven muy guapo, con su piel nívea, sus
labios carnosos, su rostro de rasgos elegantes y sofisticados y la masculinidad
que se adivinaba en la estructura ósea angulosa de su cara, en sus amplios
hombros, en la altura de su estatura y hasta
en sus manos grandes de dedos largos.
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