domingo, 4 de noviembre de 2012

#CAPÍTULO 2: Nuevos horizontes (II)


Nadie habló durante el tiempo que tardaron en dejar atrás el camposanto. Vinko dirigía el coche de manera distraída, sus ojos imantados al retrovisor, por el cual cruzaba fugaces pero repetidas miradas con Hailey. Ella por su parte se sentía excitada ante el giro que había tomado su existencia; si bien nunca había aceptado bien los cambios bruscos, su rutina era tan deprimente que había dejado de cultivar esa aversión. En cambio, no podía dejar de impacientarse por tener una entrevista a solas con él, dónde pudiera hablar y sentirse escuchada. Donde pudiera expresarse. Donde pudiera sentir que formaba parte de algo más allá de sus míseras pesadillas.
—¿Qué ha ocurrido allí? —preguntó de pronto Katia, rompiendo el silencio una vez que salían del desvío que llevaba al cementerio y se incorporaban a una carretera principal. El hecho de alejarse de aquel lugar le hizo recobrar el aliento. Aunque los efectos del miedo aún la esclavizaban, haciéndola temblar de frío y cascándole la voz.
Cuando Vinko se percató del violento modo en que se agitaba el cuerpo de Katia se preocupó y activó la calefacción, regulándola a la máxima temperatura. Eligió no contestar a su pregunta, puesto que no sabía qué podía decirle. Y además, seguir escarbando en el tema no ayudaría a que se sintiera mejor.
—¿Mejor? —indagó Vinko al cabo de cinco minutos.
Katia asintió, y cuando el tono de su voz se normalizó bastante volvió a la carga, repitiendo la cuestión.
—No lo sé —mintió él.
La chirriante música de la radio, sonoramente contaminada por interferencias, adoptó protagonismo mientras los jóvenes se recluían en sus pensamientos. El silencio se prolongó hasta que Vinko se internó en el centro de la villa, habitado por un profuso ejército de casas y demás edificios. Pronto se detuvieron frente al hogar de Katia, una espaciosa vivienda de piedra rojiza con hileras de grandes ventanas y un porche encantador e integrado en las dimensiones de la casa, sin que éste supusiera un espacio extra agregado a la casa.
Vinko apagó el motor, pero Katia no hizo amago alguno de salir del coche. Se quedó unos momentos con la vista fija en el frente, callada. Entonces orientó su cara hacia él y lo miró directamente.
—Sé que mientes —dijo.
Vinko reprimió una mueca. No quería proseguir con esa conversación. Por un lado, no lo sentía algo que debiera contarle a ella. Y por otro, deseaba que ella se fuera cuanto antes para poder interrogar de inmediato a la joven difunta.
—Creo que lo mejor es que aplacemos esta charla —propuso él, sinceramente—. Ya ha sido suficiente por hoy. Es mejor que descanses.
Katia asintió e inclinó la parte superior de su cuerpo para depositar un breve beso en los labios de él. Y después salió del auto y se alejó por el camino de entrada.
Vinko se giró inmediatamente hacia el asiento de atrás y clavó sus ojos, de un rojo brillante a causa de las lentillas, en Hailey.
—¿Cuánto tiempo llevas muerta? —lanzó su pregunta tal cual, sin demorarse en sutilezas ni allanar el terreno antes.
Hailey señaló hacia la casa a través del cristal.
—Creo que deberíamos hablar en otro lugar. Seguramente ella se preocupará por si te ha dado una apoplejía en el coche —sugirió el fantasma.
Vinko cedió y con una impaciencia que se reflejó en sus apresuradas maniobras dejó atrás la calle residencial. Cuando miró hacia Hailey por el retrovisor, se encontró con que ya no estaba allí.
—Me he mudado a aquí —comentó ella, adivinando sus pensamientos y saludándole desde el asiento copiloto—. Espero que no te importe. Si te sientes más cómodo puedo volver atrás —ofreció.
—No, así está bien —concedió Vinko, y volvió a concentrarse en dirigir el coche hacia algún lugar donde pudieran conversar tranquilamente.
—¿Cómo se llama ella? —preguntó de pronto el fantasma.
—¿Quién? —ella no contestó de inmediato, y cuando la miró de reojo le estaba mirando con un gesto elocuente que le arrancó una breve sonrisa—. Ah, te refieres a Katia.
—¿Esa sonrisa iba dirigida a algún pensamiento sobre ella? —inquirió Hailey.
—No. Era para ti —respondió él, y aquello la hizo sentir extrañamente bien.
—¿Es tu novia? —quiso saber.
Vinko no contestó de inmediato. No con palabras. Porque lo que si le dirigió fue unos ojos de mirada burlona adornados de una ceja arqueada.
—¿No eres demasiado indiscreta para los modales que exigía tu siglo?
—¿Mi siglo? —preguntó Hailey desconcertada.
—Tu traje —señaló él.
Hailey bajo la mirada hacia su vestido. Éste era totalmente blanco y lujoso, de fina tela suave. El escote era bastante bajo y en forma de corazón, la zona del pecho cubierta por hermoso un encaje floral. Las mangas de gasa partían desde el corpiño, y caían graciosamente desde sus hombros en sedosas ondas que recordaban a los pétalos revueltos de una rosa blanca. La voluminosa falda de su vestido tenía varias capas. La de más abajo era larga y sencilla, sin adornos, y cubría sus píes por entero. La siguiente se superponía a ella casi completamente, aunque la orilla de la pieza era bastante más corta y acababa en picos de bordes dentados y redondeados. Por último, otro oleaje de gasa de varias capas nacía desde la cintura del traje, enmarcando las caderas de la joven.
—Ah —dijo simplemente. Estaba tan acostumbrada a verse de esa guisa que no se le había pasado por la cabeza que su atuendo pueda ser relevante para él.
—¿De qué época vienes? —preguntó él, y no trató de ocultar la curiosidad que se reflejó en su voz.
—¿Tú qué crees? —sondeó ella.
—¿Te apetece jugar a las adivinanzas? —bromeó él, creyendo que ella trataba de entretenerse a costa de eso.
—No… —contestó ella, insegura—. En realidad, no lo recuerdo.
A Vinko el coche se le desvío un poco mientras se giraba a mirarla con abierta incredulidad.
—¡El coche! —exclamó ella, alarmada. Ella, naturalmente,  no podía sufrir un accidente, pero él sí y no estaba dispuesta a perder a la única persona que podía verla.
Él enseguida devolvió su atención al manejo del auto, pero hizo hincapié en el tema:
—¿No recuerdas cuándo viviste?
—No. En realidad, no recuerdo nada —confesó ella—. No me acuerdo a qué época pertenecí exactamente, cuál era mi rostro, quiénes eran mis padres o si tenía amigos o marido. Y, por supuesto, no recuerdo en qué circunstancias morí…
Vinko no agregó nada por unos momentos. Estaba asombrado por semejante revelación. Y algo consternado también. ¿Es que la crueldad terrenal traspasaba los límites de la vida y seguía cultivándose en el más allá? ¿El caso de Hailey, la difunta condenada al enigma y la incomprensión de su propia vida, era una maldición aplicada generalmente o solo en casos concretos? ¿Realmente tu vida era una colección de méritos y errores que después alguien juzgaba y dictaminaba tu futuro? ¿Es que no se dejaba de sufrir nunca? ¿La muerte no era la solución a todos los problemas como comúnmente se creía? ¿A caso siempre cargabas contigo el vacío de tu existencia?
En ese momento Vinko divisó un buen lugar para detener el coche. Se internó en el parking al aire libre que ofrecía un supermercado de tamaño medio. Las plazas de aparcamiento estaban todas disponibles quitando un par que dos coches inhabitados ocupaban.
—¿Tampoco recuerdas tu nombre? —le preguntó Vinko una vez pausó por completo el movimiento del coche. Se giró a mirarla y vio que ella lo miraba atentamente con gesto bondadoso. Mientras le contaba todo aquello a su cara no asomaba la mínima señal de rencor, como a él le asaltaría de estar en su situación. Simplemente empleaba un tono resignado, como si se hubiera acostumbrado a esa situación y finalmente la hubiera aceptado. Como si el tiempo transcurrido hubiera caducado la frustración y el desasosiego.
Le parecía la criatura más mansa y dulce que jamás había conocido. Una pieza extraña que era imposible encontrar en su mundo. Bueno, en efecto, ella era alguien único e incomparable hasta en el sentido más práctico.
—No del todo. Solo sé que mi nombre de pila era Hailey —declaró ella finalmente, con sus enormes ojos fijos en los suyos.
A Vinko le llamó la atención el modo en que había empleado el verbo <<era>>. En pasado. Eso le reveló mucho. Como que ella se había estado sintiendo muerta mucho tiempo.
—Hailey es bonito —alegó él, en parte porque así lo pensaba y en parte porque quería ser agradable con ella.
Ella esbozó una tímida sonrisa.
—Gracias —susurró—. ¿Tú cómo te llamas?
—Vinko. Apuesto a qué no lo has escuchado nunca antes, ¿a que sí? —contestó él con su mejor intención de darle un toque ameno a la conversación, pero enseguida se sintió mal al escuchar su respuesta.
—En realidad no puedo asegurar que no lo haya escuchado nunca —dijo ella—. Pero apostaría a que es así… Me gusta. Es muy singular y te sienta bien.
—Gracias.
Se quedaron en silencio, estudiándose con la mirada mutuamente.
Hailey empezaba a familiarizarse con su aspecto, el cuál al principio se le había antojado extraño y muy particular. Su cabello, de un azul eléctrico cuando le daba la luz, ahora pasaba por un discreto tono oscuro, casi negro, gracias al influjo de las sombras. Sus ojos rojos también habían perdido el impacto de su peculiaridad y lucían oscurecidos. Además, eran alojadores de una mirada suave y agradable. El miedo había desaparecido por completo de ellos, y a ella le alegraba un montón ese hecho. Ahora no sentía hacia ella otra cosa que una genuina curiosidad e interés por lo novedoso de la situación y lo desconocido que ella encarnaba. Ella pensó que él era hermoso. Aún con sus características tan caracterizadas, seguía siendo un joven muy guapo, con su piel nívea, sus labios carnosos, su rostro de rasgos elegantes y sofisticados y la masculinidad que se adivinaba en la estructura ósea angulosa de su cara, en sus amplios hombros, en la altura de su estatura y hasta  en sus manos grandes de dedos largos.

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