Vinko
estaba a punto de sufrir un brote de sarampión, como mínimo, mientras en el centro de la pista de baile se
mecía al ritmo de “Say It Right” con Katia respaldándose contra su pecho.
No
sabía si soportaría otra canción de esas entera.
De
pronto Katia levantó el rostro y lo miró, y una encantadora sonrisa se adueñó
de su boca. Él le correspondió, aunque no se sintió muy sincero.
—¿Lo
estás pasando bien? —le preguntó ella.
Él
asintió, y sus ojos se desviaron de los ojos de ella hasta sus labios, que se
presentaban jugosos por el gloss rosa. Enseguida se le ocurrió la manera
perfecta de escaquearse de la “tortura melódica” a la que estaba siendo
cruelmente sometido. Volvió a fijar su mirada en la de ella, y lentamente
aproximó su cara a la suya, hasta que sus narices se rozaron y sus alientos se
entremezclaron. Ni siquiera tuvo que hacer la maniobra final, ya que fue Katia
quien salvó los centímetros que los separaban y plantó un abrasador beso en su
boca. Sus lenguas comenzaron a juguetear, tratando de alcanzar lo más hondo de
la pasión. El beso fue cobrando intensidad, hasta que sus cuerpos dejaron de
moverse al compás de la música y obedecieron mejor a la acuciante necesidad de
sentirse cerca, piel con piel. La necesidad se prendió entre ellos, y cuando
finalizaron el beso y se miraron, no necesitaron pronunciar palabra: ambos
tenían en mente el mismo pensamiento.
Salieron
aprisa del gimnasio, cogidos de la mano y abriéndose paso con poca
consideración hacia el resto del gentío. Se dirigieron directamente al coche
negro de Vinko y se alejaron del instituto.
—¿Adónde
me llevas? —preguntó Katia con tono juguetón.
Vinko
sonrió ligeramente, pero no apartó los ojos de la carretera para mirarla.
—Dónde
podamos disfrutar el uno del otro sin que nadie nos importune.
—Me
parece bien —contestó ella, acomodándose en el asiento y mirándole
maliciosamente. Enseguida inició un pícaro jugueteo de caricias sugerentes
sobre él.
Sus
manos, sin embargo, cesaron de pronto su avance cuando atisbó el lugar a dónde
era llevada. Frente al coche, una altísima puerta enrejada y lacada en negro
yacía abierta de par en par, sostenida por sendos pilares que acababan en una
pieza piramidal. Ambas pilastras derivaban en una sólida muralla de piedra
blanca que rodeaba todo el recinto al que se accedía por la entrada. Por si
había alguna duda de la naturaleza del lugar, una gigantesca placa rezaba:
“Cementerio”.
—¿Qué
demonios hacemos aquí? —espetó Katia, incrédula y malhumorada a partes iguales.
—¡Feliz
Halloween! —exclamó Vinko, y la mirada sombría de Katia no afecto a la amplitud
de su sonrisa.
El
joven se inclinó para mordisquear los labios de ella, que había juntado
formando un mohín. Pero éste tuvo que desaparecer ante el ardor del beso de
Vinko.
Teniéndola
nuevamente contenta, el muchacho metió primera y arrancó nuevamente,
introduciéndolos a ambos en el fúnebre y solitario lugar.
Las
ruedas emitían leves crujidos al rodarse sobre la gravilla del camino, bordeado
por una hilera de cipreses deshojados que se inclinaban hacia ellos, como si
ejecutaran una venia de bienvenida. Según avanzaban dejaron atrás la pequeña
capilla, un edificio antiguo y simpático de pequeños ventanales con vidrieras
de colores que configuraban sencillos diseños, y donde una figura de Jesús en
la cruz recibía los envites del viento desde su posición debajo de la uve del
tejado grisáceo. Traspasaron un vetusto arco de piedra, estrangulado por un
sinfín de enredaderas y que conducía al campo abierto donde los muertos
descansaban en sus tumbas. El lugar rebosaba tanta hermosura como melancolía
con sus pétreos y cabizbajos ángeles guardianes, sus pequeños estanques que
mecían hojas de otoño y nenúfares por igual, sus titánicos y milenarios árboles
de raíces retorcidas y brazos desnudos a través de los cuales el viento seguía
tocando su melodía. Y cómo no sentirse abrumado ante la belleza de los
mausoleos familiares, con sus fachadas al estilo clásico adornadas con columnas
estriadas, sus capiteles adornados con volutas u hojas de acanto, y sus
frontones triangulares.
Vinko
aparcó el coche a un lado del extenso camino, justo debajo de un sólido roble
cuyas ramas más altas parecían arañar la luna, preñada de luz, perfectamente
redonda.
No
había terminado de echar el freno de mano cuando se vio asaltado por una
apasionada Katia, que lo estrechó con sus brazos y comenzó a cubrir su mejilla
de besos húmedos, tirando de él hacia ella.
Vinko encaró el beso y cerró los ojos, buscando a tientas los labios de
ella en la oscuridad. Solo la ligera luz del salpicadero alumbraba sus figuras,
y una canción que emitía la radio envolvía de música el momento.
Vinko
desplazó el asiento hacia atrás, y Katia se posicionó encima de él, rodeando
sus caderas con sus firmes piernas. Él regó besos a lo largo de la garganta de
Katia, y ella echó la cabeza hacia atrás, suspirando de placer.
—Sabes
a melón —murmuró Vinko, aproximando su lengua al escote de la joven.
Katia
tardó un rato en contestar, concentrada como estaba en sentir la boca de él
succionando los prominentes montículos que sobresalían del borde del escote.
—Es
un… nuevo… per…fume —logró articular—. ¿Te…gusta?
—Hmmm
—gruñó él mientras su mano ascendía por el muslo bronceado de la muchacha y se
introducía debajo de la orilla del vestido, en dirección a su ingle—. Me
encanta.
De
pronto Vinko captó un destelló por el rabillo del ojo. Se giró hacia su ventana
y emitió un grito asustado. Pegado al cristal había un rostro observándolos con
atención, la curiosidad asomando a sus espectrales ojos.
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