viernes, 2 de noviembre de 2012

#PRÓLOGO



La Muerte no fue un sueño eterno. Fue un despertar.
La paz que rondaba las horas de sueño había desaparecido, y en cambio, sentía un peso enorme empujando contra sus párpados. Era plenamente consciente de la nada en la que había caído. Sus ojos permanecían sellados en contra de su voluntad y la inquietud comenzó a emanar desde lo más hondo de su ser, alimentada por la oscuridad invariable que la envolvía y la gélida corriente que la abatía. Sus manos se despegaron de los costados de su cuerpo y comenzaron a rascar el vacío, queriendo dar con un punto de apoyo. La violencia de la borrasca la hacían sentirse una muñeca de trapo; se sentía igual de frágil e indefensa, y como aquellas marionetas, tenía la sensación de que en caso de ser catapultada contra algo realmente duro, no se desbarataría como lo haría una pieza de cristal o un ser vertebrado. Lo único que temía era perderse más aún. Encontrarse en un lugar aún más hostil y desconocido y que el miedo que la atenazaba se hiciera más fuerte y finalmente la estrangulara.
Pero no tuvo tiempo de alimentar sus temores; las sombras huyeron rápidamente del único enemigo que podía derrotarlas: la luz. Un foco de procedencia desconocida apareció frente a ella, y cobró intensidad en su aura luminiscente hasta que se hizo tan grande que tuvo la sensación de encontrarse frente al mismísimo sol. La negrura se fulminó al contacto de la luz, y cuando sus ojos se acostumbraron un poco a las nuevas circunstancias empezó a reconocer la silueta de lo que parecía un salón suntuosamente amueblado. Reconoció la superficie que la mantenía estabilizada, sus píes plantados sobre un extenso suelo de baldosas dispuestas a modo de una grandiosa tabla de ajedrez. Observó su alrededor y empezó a identificar más objetos: hileras de enormes ventanales arqueados y divididos por parteluces adornados con relieves de siluetas humanas y bestiales; pedestales rectangulares de granito que se alineaban y acogían antorchas encendidas en su cima a cada lado de la alcoba; un majestuoso y homogéneo grupo escultórico de un corro de ángeles cuyas alas se plegaban a su espalda, vueltas al interior del círculo que formaban, y cuyos brazos se elevaban al techo, las muñecas pegadas la una contra la otra y las manos cayendo de palmas abiertas a cada lado, formando un semicírculo. De la unión de sus manos se disparaba un chorro de agua que caía con elegancia hacia dentro, hacia el centro de la pieza de arte, formando en todos los casos un perfecto arco cristalino. La gran fuente se asentaba sobre una plataforma que a su vez era un foso circular cuyo fondo estaba adornado con esquirlas de cristales de colores que contagiaban la palidez del entorno, reflejando vívidos arcoírises en cada superficie a su alcance.
La estatua se alzaba en el centro de la amplia estancia. Y tras ella, casi pegado a la pared que marcaba el extremo opuesto a dónde la joven se encontraba, se erigía un imponente trono de mármol que se elevaba unos dos metros del suelo y al que se accedía por unas largas escaleras esculpidas en el bloque que hacía de soporte. El sitial era una obra de arte en sí misma, blanco en su esencia, como un rayo de luna, y con tallas de una precisión y calidad apabullantes que mostraban escenas bíblicas relacionadas con la vida, la muerte, la abstracción del alma y los paraísos ultraterrenales. En el extremo de los reposabrazos estaban definidas bajo cincel dos figuras que recordaban al ave fénix. Había un ave en cada pieza, cada una de ellas perfiladas de modo que miraran hacia quién se sentara en el sillón. El pelaje de ambas figuras, ornamentado con brillantes piedras preciosas,  relucía como el mismo fuego al reflejo del sol ambarino que penetraba por los gigantescos vanos.
La joven dio varias vueltas en torno a sí misma, cuestionándose el sentido de que se hallara allí, tratando de descifrar el significado de todos aquellos muebles extraños e inusuales que parecían rendir culto a un mismo concepto. Se sentía rara, rodeada de cosas con las que no se identificaba en lo más mínimo, preguntándose el sentido de su presencia en aquel lugar y tratando de recordar a dónde pertenecía, en vano.
De pronto sus ojos detectaron movimiento en dirección al trono. Encaró el lugar por completo y vio como una nube negra se iba desintegrando sobre el monumento. Tentáculos de vaho negro se expandieron en el aire hasta que se consolidaron en una figura oscura y encapuchada que se mantuvo suspendida unos segundos sobre el grandioso sillón de mármol antes de tomar asiento por fin. Asomó una pálida mano por la manga de la túnica, y con un gesto le pidió que se acercara.
Ella no se movió de inmediato. Estaba paralizada, y sentía que sus píes se habían soldado al suelo gracias al temor que sentía aumentándose dentro de sí. Cada vez comprendía menos, y aunque no recordara quién era ella misma, no entendía que una figura como la que reposaba en la cúspide de ese obelisco pudiera hallar en ella nada que le fuera necesario. No tenía sentido que requiriese su presencia; frente al ser impresionante que sospechaba que era esa silueta, ella sospechaba que era algo insignificante en comparación. Sin embargo, lo cierto era que tampoco tenía mejor plan que obedecer sus deseos y tratar de averiguar algo sobre las circunstancias que la envolvían y sobre quién era ella misma, recapacitó con desmesurada angustia.
Así que, sabiéndose imponente, se vio forzada a azuzar a sus píes deseosos de retenerla en el sitio y a caminar hasta posicionarse a los píes del ser encapuchado.
Un largo silencio extendió el transcurso del tiempo, y aunque a ella, hecha un manojo de nervios, le pareció estar experimentando la eternidad, no osó levantar la voz para poner fin a ese desquiciante tormento. Y en desconsolada paciencia aguardó a que el ente oscuro hablase.
Tiempo después, por fin lo hizo.
—¿Cómo te sientes?                              
Su voz sonó grave, áspera y carente de emoción. La pregunta que formuló, tan fuera de contexto en su opinión, la dejó desconcertada y tardó un buen rato en encontrar las palabras para expresar el complejo estado de ánimo que atravesaba.
—Extraña, desconocida. No puedo reconocer nada a mí alrededor, no puedo entender nada. ¿Dónde estoy?
—Estás en mis dominios —contestó la voz de la figura encubierta de manera críptica y concisa.
La joven vaciló un instante antes de formular su siguiente pregunta, pero la agonía de no saber nada la apremió y la dotó de audacia.
—¿Y quién eres tú?
—Vigila el modo en el que te diriges a mí —la advirtió el individuo con voz dura—. La simpatía que te tenga podría suponer una gran diferencia para sobrevivir a tu Infierno.
Aquellas palabras la impactaron. Sospechaba que lo que le sucedía no era algo agradable, pero el calificativo de “Infierno” para describirlo era algo para lo que no se había preparado.
Observó al ente atentamente, y el respeto y miedo que le inspiró su perfil le advirtieron de la verdad de cuánto decía. Su instinto estaba a favor de creerle y obrar con la precaución que le había sido sugerida. Aún cuando el ansia de ahondar acerca de la nueva y fatigosa revelación la aguijoneaban para subir hasta el último peldaño de las escaleras y zarandear al ser que se escondía en la sombra hasta obligarlo a revelarle todo cuanto sabía del tema, encontró la manera de recomponerse a la desesperación y para su propio asombro, las siguientes palabras que pronunció sonaron tranquilas y oportunas.
—Disculpe mi osadía de antes, pero, le ruego que me oriente un poco respecto a su identidad, por favor.
La sombra se arrellanó en su trono, aparentemente satisfecha de sus nuevos modos, y para “alivio” suyo –puesto que su revelación la descolocó tanto como puede descolocarse alguien- la complació con una clara contestación:
—Te hallas ante mí, niña, la Muerte. Supongo que puedes conjeturar tú sola la transición necesaria para que esto haya sido posible.
El aliento se le atascó en la garganta. Y solo le sirvió para darse cuenta de que solamente respiraba por inercia. Aguantó sin inspirar indefinidamente, y se fijó en que en ningún momento sintió la acuciante necesidad de aspirar aire. Nada se le revolvió dentro, no sintió la más ligera molestia, ningún síntoma que la empujara a aferrase a la vida. Nada. No experimentó ninguna diferencia, al margen del golpe psicológico que supuso este descubrimiento.
Por primera vez se centró en examinarse a sí misma. Levantó las manos hasta suspenderlas a la altura de sus ojos. Ahogó una exclamación mientras su piel habitualmente pálida había alcanzado una translucidez que le permitía ver a través de ella. Le dio la vuelta a las manos una y otra vez, agitándolas frente a ella, como si pudiera borrar de un plumazo la transparencia y la pesadilla sujeta a ésta. Pero seguía igual.
Emitió un grito desolado, muy próximo al llanto desgarrador, y como poseída por un arranque de locura, comenzó a correr por la estancia sin rumbo fijo, como si quisiera huir de su destino.
—¡Soy transparente! ¡Estoy muerta! —gritaba de cuando en cuando.
Sus andares incoherentes la aproximaron hasta el gran bloque que conformaba la escultura. Abrió mucho los ojos, sorprendida, y cómo si quisiera comprobar la verdad de cuánto era ahora, avanzó en contra de ella, aún deseando recibir el doloroso impacto que le señalara que aún había esperanza. Sin embargo, atravesó la escultura limpiamente, sin sentir una mínima sensación, sin que la estatua experimentara la más mínima vibración. Fue como una corriente de aire invisible. No, peor aún. Un aliento de aire vacío. Porque no tenía el poder del viento de balancear una mísera hoja de otoño.
Cuando desembocó al otro lado del monumento, tuvo que aceptar algo que ella misma había comprobado como cierto.
—Estoy muerta —susurró para sí.
Se quedó unos momentos con los ojos mirando al frente, fijos en sus desbocados pensamientos que no sabían qué dirección tomar hacia la reflexión, puesto que realmente no entendía las nuevas circunstancias que acarreaba su nuevo estado existencial. Era consciente de que nunca nada ni nadie la había preparado para enfrentarse a esta etapa; nadie en vida podía saber con certeza lo que deparaba la muerte. Ella misma, aún muerta, no sabía los secretos que guardaba su nueva situación.
Su mente era un generador de preguntas, y aceptando que necesitaba respuestas que ella misma no podía encontrar por su cuenta, recordó que no estaba sola y miró a su espalda en dirección al trono.
—¿Ya puedo cerrar las cortinas y dar por concluida tu función? —preguntó la muerte enarbolando el sarcasmo.
Espoleada por la necesidad de saciar su emergente necesidad de saber, la joven se desplazó nuevamente hasta el trono.
—¿Podr… —se interrumpió a tiempo, recordando de pronto la deferencia que la Muerte exigía en el trato—. Me sentiría muy agradecida si tuviera la consideración para ilustrarme sobre mis nuevas circunstancias existenciales.
—Ya era hora de que pudiéramos pasar a los asuntos prácticos del embrollo —gruñó la muerte reflejando cierta impaciencia y una absoluta carencia de empatía—. Estoy aburrido de dar las mismas explicaciones y revivir este momento una y otra vez… A ver si en el próximo consenso hago validar la iniciativa de apuntalar un manual básico de supervivencia ultraterrenal a cada tumba, y también la creación de una línea telefónica para el más allá con contestador automático y a prueba de tontos… A ver si así saco más tiempo para manejar la guadaña... ¡Ah, es todo tan sumamente irritante! —despotricó, desbordando enojo.
La joven escogió no interferir en su discurso malhumorado, puesto que sospechaba que eso solo añadiría más irritación a su cabreo y no haría sino extender su diatriba quejumbrosa. Así pues, aguardó en absoluto silencio hasta que vio recompensada su paciencia.
—Vamos a ver —comenzó a decir la Muerte, empleando la voz más desganada que pudo hallar. Ante esas palabras que prometían una continuación interesante, la joven se irguió y aguzó los oídos, preparada para grabarse en la memoria lo que fuera a decir—, estás muerta y si estás ante mí es porque no resolviste bien tu vida. La clave que te abrirá las puertas al descanso eterno es tu pasado… —la Muerte vio a la joven a punto de pronunciar algo y apresuró el ritmo de su frase siguiente a fin de adelantársele y superponerse a ella— Ya sé, ya sé: no recuerdas nada acerca de tu vida. Es lo habitual en estos casos. Pero si fuera tan fácil la misión yo no tendría súbditos que me granjearan un respiro de vez en cuando… Te lo explicaré: las almas que no consiguen resolver su asunto pendiente pasan a pertenecerme absolutamente a mí y yo tengo la total libertad de hacer con ellas lo que me plazca: desde apiadarme y permitirles cruzar definitivamente al más allá hasta beneficiarme de ellas. Pero no te confíes de mi bondad; los largos años y la experiencia me han insensibilizado y no recuerdo la última vez que ayudé a alguien…
—¿Y de qué modo podría resolver mi vida sin recordar nada?
—¡Paciencia! —exclamó la Muerte, molesta porque hubiera interrumpido su instructivo discurso—. Tienes permitidas solamente tres interacciones conmigo que debes emplear con sensatez y saber explotar al máximo la oportunidad de descubrir acerca de tu pasado.
—¿Y hay limitaciones en cuanto a la naturaleza de las peticiones permitidas?
—Por supuesto —respondió la Muerte—. Tienes prohibido hacer demandas del tipo <<Vivir nuevamente>>, <<Cruzar al otro lado>> o <<Ser la propia dueña de tu alma>>. Ese tipo de solicitudes son penalizadas, y dado que por norma general nadie es tan estúpido de hacerlas, te advierto de que aprovecho esas exclusivas ocasiones para dar con el modo más retorcido de castigarlas a fin de amenizar mi eterna jornada laboral.
La joven meditó un momento la respuesta del Ángel Oscuro.
—Entonces… ¿Sólo puedo hacer preguntas? ¿No puedo pedir ningún deseo? —preguntó, solo para asegurarse.
—Los sueños pertenecen a los vivos. Tú estás muerta —fue la única respuesta de la Muerte.
Ella lo tradujo como una confirmación de lo que ya sospechaba. Guardó silencio largo rato, abstraída en reflexiones dirigidas a las preguntas que tenían más posibilidades de ayudarla a desenterrar su pasado, a devolverle sus propias vivencias y recomponer el puzle maltrecho de su vida anterior.
Finalmente, se lanzó a aprovechar su primera oportunidad.
—Ya está. He decidido cuál será mi primera pregunta… —hizo una pausa, sintiéndose poco preparada para hacer aquello. Sin embargo, tampoco tenía sentido postergar el momento. No podía aplazarlo por una actividad más agradable. Estaba muerta, y la muerte no era agradable—. Me gustaría saber dónde morí.
—Moriste en una mansión señorial llamada “Attaway Hall”, en el condado de X, en el país Y.
La joven se repitió mentalmente la información un par de veces, memorizándola, y después lanzó su siguiente bola:
—¿La mía fue una muerte natural o provocada? —preguntó con cierto aturrullamiento, deseosa al igual que temerosa de descubrir la verdad.
—Provocada.
Aquella única y solitaria palabra bailó en su mente un vals desmoralizador. Sintió el frío abrazándole cada fibra de su, bueno, de lo que quiera que fuera en su nueva esencia. Sentía miedo, dolor, confusión, impotencia, angustia, desesperación, desfallecimiento, frío. Todo eso a la vez. No supo cómo consiguió no desplomarse allí mismo, rendirse a la necesidad de dejarse chocar contra el duro suelo, a fin de desear descuartizarse como si de una pieza de artesanía delicada se tratara. De alguna manera eso solo le parecía la reproducción física de la fragmentación que ya estaba sucediendo en su alma.
No sabía quién había sido, ni qué personas la habían amado, ni a quiénes había amado ella, ni qué clase de mundo la rodeaba, ni si éste le había hecho feliz o por el contrario se había sentido desgraciada. No tenía la manera de tener perspectiva alguna sobre el panorama de su vida. Pero si algo era fijo era que su muerte había sido provocada. Provocada. La palabra asesinato surcó su mente.
Sus labios se sellaron, reprimiendo el gemido horrorizado que pugnaba desde lo más profundo de su alma. Asesinato. Alguien la había odiado lo suficiente como para desear su muerte. Como para tomársela por su mano.
Estaba a una sola pregunta de desenmascarar al culpable de su muerte. Y, sin embargo, no tuvo energía para pronunciar palabra. Le faltó valor.
No podía saberlo. No quería saberlo. No ahora. Había sido un día duro con tantas cosas que asumir… Con su propia muerte que asimilar. No le parecía que fuera a poder sobrevivir a más.
Un pensamiento que enseguida ahuyentó le recordó que ya estaba muerta. Que “sobrevivir” era una palabra no aplicable a alguien como ella, por pequeña, frágil y aterrada que se sintiera. Jamás acariciaría la esperanza de esperar ver una luz al final del camino. A partir de ese momento, su existencia sería un túnel oscuro, helado y solitario que recorrería sin la promesa de salir a campo abierto, a la luz del sol.
Y, además de todo, cualquier nombre relacionado con la autoría de su muerte no sería de ninguna relevancia para ella, puesto que en realidad, no se acordaba de nadie… Definitivamente no era el momento de conocer esa respuesta. Primero debía reconstruir su vida, y después, reunir el valor para enfrentarse a la verdad más cruda y destructiva.
—¿Vas a formular tu última pregunta? —preguntó la Muerte con impaciente brusquedad.
—No.
—Muy bien —asumió el Ángel Oscuro—. Recuerda que es tú última oportunidad de apelar a mí. No la derroches. Cuando estés inspirada   solo tienes que pronunciar “Me huelen los pies” para invocarme.
—¿Me huelen los píes? —preguntó ella perpleja.
La Muerte emitió una risa sombría y reverberante que provocó un escalofrío a la joven.
—Es el código que he escogido para reírme un poco a costa de desgraciados como tú. Además es una frase segura que no hará que me invoquéis en vano, puesto que dudo mucho que sea algo que dirías en voz alta a nadie.
—Ah —ella no supo que otra cosa responder a eso. Hasta que de pronto cayó en algo que llamó su atención—: ¿A nadie? ¿Quiere decir eso que estaré con más gente como yo?
—¿Quieres malgastar de ese modo tu última pregunta? —amenazó la muerte, removiéndose en su asiento en un inequívoco signo de exasperación y deseos de abandonar la conversación y a ella.
—No —dijo ella inmediatamente.
—Bien. Pues buena suerte —pronunció la Muerte. Pero ella enseguida advirtió que en realidad no le importaba lo bien o lo mal que le fuera, a juzgar por el desapasionamiento de su voz.
Su figura se desintegró en el aire, y ella se sintió más sola que nunca.
Y así seguiría sintiéndose largos años.

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